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jueves, 16 de abril de 2015

El marxismo de Podemos (II): el credo comunista


El marxismo, una dogmática monista

Marx, nacido en 1818, vivió en un mundo dominado por las ideas ilustradas causantes de la Revolución Francesa que había conmovido todo el orden social, político y económico de lo que fuera la Cristiandad. El pensamiento de aquella época, de una parte,  daba por sentado el carácter progresivo, o la evolución perfectiva, de la historia humana. De otra, creía firmemente en la capacidad racional del hombre para desentrañar científicamente los secretos de la historia y explicar, tanto los acontecimientos de épocas pasadas, como los avatares futuros, que conducirán a la sociedad hacia su luminosa perfección futura.

Heredera de una serie de sistemas filosóficos de gran repercusión política, la obra de Marx pretende superarlos a todos gracias a su insistencia en la prioridad de la acción sobre la teoría. El fundamento último de su pensamiento se halla en la doctrina del materialismo dialéctico, según el cual la aparente complejidad de lo real se reduce a lo que llaman experiencia sensible, es decir al contacto activo del hombre con la naturaleza. No existe realmente nada más que esa relación de hombre con el mundo material. Al principio, el hombre se enfrenta a la naturaleza, la conoce y desea satisfacer sus necesidades con lo que ella ofrece, pero la capta  como algo hostil y contrapuesto a él mismo. Esa relación, que en principio es de oposición, es superada por el hombre gracias a su acción, o trabajo, del que resulta, por primera vez, lo que los marxistas llaman una mediación, o síntesis de contrarios, cuando alcanza los frutos de su trabajo. Desde el hombre primitivo, que ve la naturaleza como un objeto arisco y peligroso, hasta el hombre moderno, todo el obrar humano consiste en operar dialécticamente sobre la naturaleza para satisfacer sus necesidades, de modo que una y otra se integren de manera progresiva.

La relación del hombre y la naturaleza no es, pues, estática, sino evolutiva. La cooperación entre los hombre se hace necesaria, surge la distribución del trabajo y la distribución de los frutos obtenidos. Y, sólo sobre eso, se va constituyendo a lo largo de la historia el aparentemente inextricable conjunto de relaciones sociales, políticas e ideológicas que ofrece la vida humana de los tiempos modernos. La teoría central de Marx, llamada materialismo histórico, tiene precisamente la pretensión de desentrañar esa maraña de relaciones sociales, descubrir su esencia y describir la ley “científica” que rige la historia de toda la humanidad.

La estructura de cualquier sociedad sólo se entiende si se recurre a tres niveles


de explicación que, empezando por lo más fundamental, son las fuerzas productivas, el modo de producción y la superestructura ideológica. Las fuerzas productivasde que dispone cada sociedad (riquezas naturales, conocimientos técnicos y división social del trabajo) determinan su organización, o modo de producción: “el molino a brazo engendra la sociedad feudal, el molino a vapor la sociedad burguesa o industrial”. Aquí es donde aparece lo más conocido de la teoría marxista de la sociedad, que se caracteriza por incluir esencialmente la lucha en toda organización social y por poner la armonía y la paz sólo al final de la historia, en la hipotética sociedad en que culminará la historia. Mientras llega ese momento, el modo de producción de la sociedad consta invariablemente de dos clases principales en eterna contradicción, una dominante y otra sometida. Estas clases se enfrentan hasta que una revolución violenta acaba con la oposición; luego, una nueva clase dominante, por acumulación de riquezas, produce una nueva clase sometida, que hará una nueva revolución, en cuanto alcance conciencia de la miseria en que vive y de su propio poder. La sociedad feudal de siervos y señores fue superada por la revolución burguesa; y la burguesía, causante del modo de producción capitalista, engendra el proletariado destinado necesariamente a acabar con ella y a tomar las riendas de la sociedad, hasta llegar, a través de la dictadura del proletariado, a la vida armónica del hombre en consonancia con la naturaleza.

Sin embargo el camino que describe Marx hasta ese logro final exige destruir, por medio de la violencia revolucionaria, un tercer nivel de acontecimientos, que surgen junto al modo de producción en toda sociedad. Se trata de lo que llaman superestructura ideológica, que está constituida por el conjunto de ilusiones, o engaños, creados por la clase dominante, para detener la superación del enfrentamiento de clases y congelar así el curso necesario de la historia. Esa superestructura engloba las instituciones jurídicas y políticas, como el Estado; las filosofías especulativas, que engañosamente se conforman con buscar la verdad sin cambiar el mundo con la acción; y la religión, que traslada las contradicciones reales (es decir, las económicas) a otro mundo, para producir resignación en la clase oprimida. Esos engaños, siempre favorables a los intereses de la clase dominante, se llaman alienaciones porque tratan de perpetuar la separación, o enajenación, de la clase obrera respecto de los frutos de su trabajo, y de mantener la división de clases que, al final, desaparecerá cuando la revolución haya acabado con todas ellas.

Esta concepción marxista del universo es monista, en cuanto entiende que toda la realidad se reduce a uno solo de sus aspectos: la materia entendida como relación productiva del hombre sobre la naturaleza y las relaciones económicas que de ahí surgen; y declara intrínsecamente falseadas todas las demás realidades humanas, como las relaciones sociales, desde la familia al Estado; como todas las especulaciones ideológicas que exponen concepciones éticas, o valorativas; como todos los mundos ajenos al mundo material que describen las religiones. Y el marxismo no se conforma con denunciar la falsedad que, según él, se da en todo esto, sino que exige su destrucción práctica por medio de la violencia revolucionaria.

Es, por otro lado, una concepción del mundo historicista, cientificista y determinista, porque cree ofrecer las leyes inexorables de la historia, que llevan desde la primitiva oposición entre el hombre y la naturaleza, hasta su definitiva supresión en el mundo futuro, donde desaparecerán las alienaciones, la familia, es Estado, las ideología y las religiones para dar paso a una humanidad feliz, que disfrutará armónicamente de la naturaleza sometida a su dominio.


Pero hasta ese momento, el marxismo concibe el desarrollo histórico como un enfrentamiento maniqueo entre la clase dominante, que encarna el mal, y la clase sometida, de cuya acción depende por completo el repetido proceso revolucionario que llevará hasta la felicidad última -desde luego sólo terrena- y encarna, por tanto, la totalidad de lo que podría llamarse el bien. A pesar de que los marxistas se llenan la boca hablado de ética, no reconocen más obligación “moral” que la de fomentar la fuerza de la clase oprimida en aras de la revolución, aunque eso suponga todo tipo de violencia y de falsedad. En breve sacaremos a la luz el engaño deliberado, consentido y sistemático que suponen las distintas tácticas usadas por los marxistas para subir al poder y, en especial, la táctica de “Podemos”.

José Miguel Gambra

El marxismo de Podemos: un experimento espartaquista (I)


A continuación reproducimos las intervenciones del Prof. José Miguel Gambra Gutiérrez (Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista) en el seminario sobre Podemos. 

La pervivencia del marxismo

Algunos han calificado el fenómeno “Podemos” como producto transitorio de la televisión que, atenta sólo a los índices de audiencia, ha dado una fama inmerecida a un grupo de jovenzanos, cuyo prestigio, como el de cualquier “famoso”, debería difuminarse en cuanto los medios se cansaran de prestarles atención. Es bien posible también que no se trate sino de una estrategia de las derechas, para provocar un miedo que redundaría electoralmente en su beneficio. Sea cual sea la causa del prestigio adquirido por “Podemos”, quienes previeron su olvido se han equivocado: “Podemos” ha entrado en la política, sin que las derechas hayan salido beneficiadas, sino todo lo contrario. Los votos, dentro del régimen que padecemos, substancializan por cuatro años lo que sea, por absurdo que sea. No sin razón Juan Manuel de Prada se quejaba de la política degenerada por la televisión y su exclusiva atención a los pronósticos de audiencia.

Y es que, hoy en día más que nunca, es peligrosísimo jugar a la vez con la política y los medios de comunicación. En El bosque animado, y en otros muchos sitios, Fernández Flores dijo que las moscas carecen por completo de memoria, hasta el punto de olvidar su propia identidad. Una mosca topa con un cristal, se da una vuelta y, olvidado el trastazo, casi instantáneamente vuelve a darse otro contra el mismo cristal y así, sin recordar ni siquiera si ella es la que se ha dado el golpe o es otra la que lo ha sufrido, vuelve a la carga indefinidamente.

Las generaciones recientes, y no tan recientes, cada vez se parecen más a las moscas. Su cabeza no retiene nada que no sea inmediato. Tienen, como la materia de Leibniz, una mens momentanea seu carens recordatione, incapaz de de retrotraerse más allá de lo  que se les presenta actualmente. Hoy las nuevas tecnologías, las pantallas reducidas de los teléfonos, y otros trastos, han logrado sustituir la facultad humana de la memoria por la memoria de esos aparatos; y la visión de la realidad, la verdadera experiencia, se ha visto suplantada por la realidad virtual. Los chicos, y no tan chicos, ni saben ni les importa lo que puedan enseñarles sus mayores, ni lo que puedan decir los libros. Se conforman con beber ávidamente las opiniones de cualquiera, con tal de que queden plasmadas en twitter o en cualquier otra red.


Así se explica el olvido del horror marxista. Los poderes de este mundo, a una con los medios de comunicación y en contra de lo que racionalmente cabía esperar tras la caída de la URSS, han corrido un tupido velo sobre sus atrocidades. En la mente de las recientes generaciones se mantiene incólume el terror del llamado holocausto nazi. Todavía hoy, no hay día en que los medios no cuenten algo que mantenga viva la memoria de los seis millones de judíos que -según dicen- fueron ejecutados en Alemania por ese régimen nefasto. Pero eso no es nada en comparación a los cien millones de depurados por los regímenes comunistas de todas las latitudes. Sea que el común de periodistas no tenga por comparable el asesinato de judíos con el de campesinos rusos o cubanos, con el de oficiales polacos, con el de viejos chinos o jóvenes venezolanos; sea que el imperio haya preferido mantener vivo el temor irreal al nazismo y no a los peligros reales, con los cuales cabe negociar, el caso es que se ha hecho olvidar el olor a muerte que acompaña a los regímenes marxistas sin excepción alguna. Y si se ha perdido la memoria de sus consecuencias, más todavía se desconoce la podredumbre teórica esencialmente abocada a ese resultado.

Con las últimas elecciones, “Podemos” ha saltado del mundo virtual a la realidad política española. Y, en esa realidad, lo que cuenta no son los discursos, ni los programas; ni las promesas, ni las esperanzas e ilusiones, sino lo que está en la cabeza de los jefes de partido. Porque, al fin y al cabo, el sistema democrático entrega un poder  omnímodo a unos hombres concretos, que llevan a efecto lo que tienen en su personal caletre, sin limitación externa alguna.


Por eso me parece conveniente exponer, con sus propias palabras, lo que, teórica y tácticamente, mantienen la tetrarquía de “Podemos”. Para dar a conocer la diversidad de estratos que contiene su discurso, me veré obligado a vencer el hastío y a presentar las doctrinas y estrategias de ese marxismo, que otrora todos creímos felizmente olvidado, pero que, de hecho, hoy sirve inspiración a la cúpula de “Podemos”. Después demostraré que los propios mandamases de ese partido se han declarado repetidamente marxistas, para presentar finalmente las fuentes que inspiran su táctica, en orden a implantar la dictadura del proletariado, y la manera en que la están usando.



Fuente aquí.

jueves, 2 de abril de 2015

Monárquicos entusiastas, ardientes republicanos



Tenemos absolutamente clara la solución a nuestros problemas, los que están desangrando a España, el mundo hispánico y a los españoles, los que están volando hasta los cimientos los últimos restos visibles de la Iglesia y de la Cristiandad. Además, estos problemas tienen culpables concretos con ideologías concretas. Son la consecuencia lógica del proceso revolucionario desencadenado hace 200 años con la francesada, de los que erigían templos a la diosa razón y se declaraban amigos de la experiencia, mientras despreciaban tanto la razón como la experiencia. 

En cambio, los tradicionalistas, sin ser profetas, ya advertíamos entonces lo que iba a suceder, que aquellos vendedores de humo y abstracciones no traían soluciones, sino que agravarían nuestros problemas. Y nadie puede dudar de que hemos acertado. Hemos acertado y llevamos 200 años acertando; y lo seguiremos haciendo, porque nos fundamentamos en un patrimonio cultural y espiritual común, consecuencia de la acumulación temporal de las experiencias y del pensamiento realizado por nuestros predecesores, que en nuestro caso se concreta en la fructífera tradición socio-política de las Españas.

Es decir, si hace mucho que advertimos lo que nos iba a pasar en manos de los golpistas, ahora señalamos a los culpables: quienes ahora detentan los poderes positivos, los herederos de ésos que se vanagloriaban de defender la razón y la experiencia mientras destruían todo lo racional, todo lo razonable y todo lo que es fruto de la más dilatada experiencia, tanto de los «republicanos» sin res publica, como de los «monárquicos» de un «rey» que ni es, ni puede ser rey. 

1. Monárquicos republicanos: monarquía y bien común

Los tradicionalistas españoles somos monárquicos porque defendemos la respublica. No existen monarcas que reinen y no gobiernen: la definición de reinar es la acción de gobierno de un rey. No existen repúblicas con un jefe: la definición de república o aristocracia es el gobierno de una minoría. Podemos llamar silla a lo que es una mesa, árbol a una farola o incluso mujer a un varón disfrazado que se ha mutilado sus vergüenzas. Pero las palabras que usemos y los deseos que tengamos no hará que las cosas sean  ni dejen de ser lo que son: la mesa es una mesa y no una silla, la farola es farola y no árbol y el hombre disfrazado que se ha amputado sus vergüenzas es un hombre mutilado que va disfrazado.

Los monárquicos españoles reclamamos república porque somos monárquicos, somos monárquicos porque reclamamos la Monarquía y reclamamos la Monarquía porque reclamamos república. Sí, con toda exactitud podemos decir que reclamamos república porque somos monárquicos y así salir así al paso de los que hacen asociaciones inconexas, de los apolíticos que hacen política, de los tradicionalistas antitradicionales, de los intelectuales sin intelecto, de los escritores analfabetos o de los que se meten a exégetas sin exégesis, a fin de justificar, desde una pocilga doctrinal, toda suerte de errores objetivos, la defensa de ideologías y la sedición contra aquello que dicen servir, además de prestar oídos a las calumnias vertidas contra el régimen de Cristiandad, único que defendemos y único que ha funcionado, por ser el único que no es utópico.

Por último, si analizamos imparcial y desapasionadamente los conceptos, la I y II Repúblicas no fueron repúblicas, ni siquiera en el sentido más vago que tiene el término «república» en la tratadística clásica. Porque, si hablamos de «república» como res publica o bien público y común bien sabemos que en ninguno de esos dos regímenes (ilegítimos e impuestos ilegalmente) se buscó el bien común, sino la defensa estricta de unos intereses revolucionarios oligárquicos, ideológicos, extranjerizantes y utopistas.

2. República en sentido estricto y las «repúblicas» modernas

En segundo lugar, tampoco se puede llamar «república» a los regímenes modernamente republicanos si nos ceñimos a la tratadística clásica y tradicional, cuando habla de los diferentes regímenes políticos. Polibio, Tucídides, Heródoto, Isócrates o Aristóteles, luego los Padres de la Iglesia y luego los Escolásticos nos enseñan que éstos son: monarquía, república y democracia. Y cabe hablar de un cuarto: el régimen mixto, llamado también monarquía templada y que en el carlismo se llama monarquía tradicional, social y representativa.

Vázquez de Mella lo resume así:

«Yo, que soy monárquico entusiasta, soy también ardiente republicano […] la Monarquía y la República…lejos de contradecirse, se completan cuando cada una ocupa su puesto y no las cambian los sofistas y las revoluciones de sitio. […] nosotros defendemos la democracia en los municipios; la mesocracia y la aristocracia social, como distintos grados de superioridad espontánea, en las comarcas, en las provincias y en las regiones, y la monarquía en el Estado» (discurso del 17 de mayo de 1903 en Barcelona)

Según aquella divisoria, fruto de la observación y análisis imparcial y a la que Mella se adhiere, la república es un régimen aristocrático, en que el poder lo ostenta una minoría. Así lo fueron, por ejemplo, la Serenísima de San Marcos o República de Venecia, gobernada por un senado de aristócratas. Por lo tanto, no cabe hablar de esas otras «repúblicas» modernas como repúblicas, porque la propia noción de «presidente de la república», si es una sola cabeza, es una contradicción. Por lo tanto, se trata de tiranías o monarquías corrompidas.

Como apéndice de la acepción anterior, en el caso de la Monarquía (término usado durante siglos casi como sinónimo de España), podemos encontrar el uso amplio de república como término referido a cada uno de los distintos reinos, señoríos, principados, virreinatos y otras formas de administración que bajo su mando tienen a los mejores (aristocracia o república), pero siempre subsidiaria dentro de las regiones de las Españas, es decir, bajo una sola monarquía y bajo un solo monarca, el heredero legítimo de todos esos reinos en sus correspondientes coronas de Navarra, Aragón y Castilla. Lo que de ninguna manera cabe esperar son las aplicaciones modernas del término, que están mal utilizadas.

3. Perversión democristiana, liberal-católicos, conservadores de revolución, ultraderechistas, nuevas-derechas, cristianosocialistas y otros especímenes a veces enmascarados de tradicionalistas

Los pervertidos que defienden un Estado centralista y totalitario no pueden decir con sinceridad, por lo tanto, que hacen política cristiana, sin los cuerpos intermedios, sin el federalismo ni la autogestión garantizadas por el Derecho Natural y la Doctrina Social de la Iglesia, ya desde los primeros siglos con los Santos Padres.

Tengan cuidado esos pervertidos si se revuelven contra estas palabras, que no les llamamos pervertidos nosotros, sino S.S. Pío XI, en Quadragesimo anno:

«lo mismo que es ilícito quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con sus propias fuerzas y con su empeño para confiárselo a la comunidad, también es injusto confiar a una sociedad mayor y más alta lo que pueden hacer las comunidades menores e inferiores. Y esto es al mismo tiempo un grave daño y una perversión del orden recto de la sociedad»

4. La legitimidad, condición indispensable de la cosa pública

Por otra parte, los que defienden que el gobernante adquiera la potestad de modo contrario a la legitimidad de origen y de ejercicio, defienden lo contrario a lo defendido por el sentir unánime de los Padres de la Iglesia, por Santo Tomás de Aquino y por todos los Escolásticos. Y es también consecuencia de la aplicación lógica del Magisterio de la Iglesia, por ejemplo el Syllabus condena una serie de proposiciones erróneas, una de las cuales es la siguiente:

«LXIII. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.
(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
Alocución Quisque vestrum, 4 octubre 1847)
(Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 diciembre 1849)
(Letras Apostólicas Cum catholica, 26 marzo 1860)»

Y León XIII nos dice en Immortale Dei: 

«No es menos ilícito el despreciar la potestad legítima, quienquiera que sea el poseedor de ella, que el resistir a la divina voluntad»

Si la monarquía, que ―por definición― es régimen de una sola cabeza, se corrompe o es ilegítima, ya no es monarquía, sino tiranía. Por lo tanto, tanto la I como la II República no son repúblicas, sino monarquías corrompidas o tiranías, puesto que caen bajo el mando de un solo hombre que gobierna ilegítimamente.

En el supuesto de que una república fuera legítima (lo que en España no es posible más que subsidiariamente, puesto que la constitución histórica de las Españas es la de una monarquía mixta o monarquía tradicional, social y representativa), estaría gobernada por una minoría que, si se corrompe, hace que el régimen se convierta en oligarquía.

Por otro lado, el supuesto de que el jefe del Estado fuere uno solo, es una monarquía, tanto si es electiva como si es dinástica, tanto si se llama «rey» como si se llama de cualquier otra forma. Ahora bien, si no corresponde a la constitución histórica de un Estado la elección de su monarca y, sin embargo, el jefe del Estado adquiere el poder por elección, se trata de un tirano. 


5. Los errores modernos, el pecado original y dos excepciones que confirman la regla

Hay una negación implícita del dogma del pecado original y de nuestra naturaleza caída en quienes pretenden impugnar la monarquía y se niegan a reconocerla como el mejor régimen para enderezarla. Sin duda, se debe a la influencia gnóstico-pelagiana de Rousseau, inspirador de las ideologías y los «filósofos» neo-gnósticos que ellos siguen, las que fundan el Estado en sentido moderno, junto con Hobbes. En efecto, Santo Tomás de Aquino, en el capítulo IX del segundo libro de De regimine principum o De regno ad regem Cypri dice así:

«in natura corrupta regimen regale est fructuosius, quia oportet ipsam naturam humanam sic dispositam quasi ad sui fluxum limitibus refraenare»

Y pasa a continuación a hacer referencia a la vieja República Romana como caso excepcional de modelo de buen régimen, cuya eficacia y funcionalidad se explican porque se adaptaba a la tradición romana en la evolución sociopolítica de aquel momento histórico. Cualquiera que sepa un poco de historia conoce lo que expone Santo Tomás en su análisis, acerca de cómo el buen funcionamiento de aquel régimen se debía, entre otras cosas, al carácter y virtudes de los senadores, un hecho que demuestra que la excepción no hace regla.

Es más, los elementos que hacían funcionar bien aquel régimen (como la noción de legitimidad, la división entre auctoritas y potestas, la mos maiorum, el mandato imperativo o el juicio de residencia, por citar unos pocos) fueron luego absorbidos y utilizados por la Cristiandad y, especialmente, la Monarquía de las Españas, que en cambio desechó o transformó lo que no funcionaba o funcionaba mal. 

La multiplicidad de las «repúblicas» de la Monarquía en sentido estricto o Monarquía de las Españas nos brinda ejemplos múltiples de la buena evolución social cuando se respeta la Tradición.

Entre otros, es elocuente el de las comunidades de villa y tierra de la Extremadura castellana; por ejemplo, en Medina del Campo (que era castellana y no leonesa, como sí es leonesa Valladolid, a pesar de la irreal distribución provincial liberal), el grado de ilustración y cristianización popular llegó tan lejos que prácticamente todos eran hidalgos; e incluso sus privilegios y libertades mostraban que se trataba de lo más granado del fuero de villa y tierra. Y naturalmente se reflejaban en su escudo, que todavía hoy reza así: «ni al rey oficio, ni al Papa beneficio». Tal era el grado de confianza del que habían llegado a gozar (tanto del poder secular, como del temporal). Y es que no se puede igualar a la gente cortando cabezas y aplastando a los mejores, como quieren los revolucionarios.

Ha habido tiranos y hoy los hay más que nunca. Y principio básico que une a todos los enemigos de la Tradición y de los pueblos hispánicos es querer cambiar unos tiranos por otros e imponer modelos políticos, sin base en la experiencia. En cambio, no eran tiranos los reyes visigodos, porque la elección en aquel momento era el procedimiento legítimo de adquisición de la corona. No es tirano el rey de Roma o Papa, porque su condición de rey de Roma le viene de ser obispo de Roma, no de pertenecer a una dinastía. Sí son tiranos los que ―en España o en cualquier otro sitio― adquieren la jefatura del Estado violando las disposiciones legítimas por las que el monarca debe adquirir el poder. 

6. La encarnación histórica de la Cristiandad política, una realidad frente a las utopías

Desde Urbano VII, está muy clara en teología política la teoría de las dos espadas. En el caso español, las condiciones de adquisición legítima del poder y la forma de gobierno acorde a nuestra tradición, de modo que está más claro que en ningún otro lugar del mundo quién es el vicario de Cristo por la espada, por derecho natural. Tales leyes están bien detalladas en la Novísima Recopilación y resumidas con extraordinaria brevedad aquí, tratado que se encarga de aplicarlas a nuestra actualidad. Por ejemplo, sería tirano en España tanto el nombrado arbitrariamente por otro jefe de Estado, el elegido en las urnas, el elegido por una minoría o por cualquier otro procedimiento que no sea legítimo. Tanto si se hace llamar «rey» como si se hace llamar «presidente de la república».

Algunos ineptos, que desconocen tanto el uso de respublica en latín (de preguntarles sobre la politeía en griego mejor ni hablemos) como las definiciones de la palabra «república» en la tratadística clásica y tradicional, pretenden fundamentar extraños modelos utópicos e ideológicos que se sacan de la manga, mediante la interpretación adulterada de los tratadistas clásicos. Decimos que son ineptos, porque no pensamos que el fallo se deba a inmoralidad del mentiroso, que adultera el texto para engañar a la gente o justificar los errores de su contaminación política personal, que no bebe de fuentes potables.

Los falseadores y confundidos los hay de muchos tipos. Entre otros muchos, está aquel de los que leen las obras de los escolásticos y creen que, cuando dicen respublica, se está refiriendo a una república, en el sentido liberal y no literal del término. 

En conclusión, si dejamos al margen que los que hoy se llaman republicanos rara vez lo son en sentido estricto, el modo razonable y congruente de ser tradicional y defender España, de acuerdo con la experiencia y con la lealtad, es ser como eran los españoles a los que se enfrentó la Revolución: monárquicos. Pero no cualquier tipo de monárquico, sino monárquico conforme a la realidad: conforme a evolución legítima de la monarquía en España, que es social, tradicional y representativa, que es, además, dinástica, y que se encarna en un reclamante legítimo concreto, que es vicario de Cristo por la espada.

Esperamos que con estas líneas haya quedado suficientemente aclarado y concluyamos con las palabras inmortales de San Pío X:

«No, la civilización no está por inventar ni la “ciudad” nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la “ciudad” católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo»

Hermenegildo Pérez,
de la AET

viernes, 20 de marzo de 2015

CONTRA LOS ESTUDIANTES SEPARATISTAS EN 1936



La labor de la A.E.T. ha sido desde su nacimiento combativa, una labor de reacción frente a un orden impuesto por las altas esferas totalitarias que continuamente atentan contra la Religión y la Patria. Bien persiguiendo las cruces y las imágenes católicas, bien poniéndola al mismo nivel que el error. Pero los jóvenes tradicionalistas desde que surgieran estas agrupaciones han tenido, tienen y tendrán el ímpetu, la gallardía y virilidad suficiente para salir enérgicamente en defensa de la Religión y la Patria. Más en el ámbito de la ciencia, tan propio de los universitarios. 

Por ello, hacemos constar la siguiente noticia que debe servir como ejemplo a los estudiantes tradicionalistas, especialmente los sevillanos. Se refiere a unos actos antiespañoles y anticatólicos por tanto por universitarios separatistas catalanes. Quienes supieron salir en defensa de la Patria fueron los jóvenes de la A.E.T. de Sevilla. La situación de España hoy es aún peor que entonces. Tomemos, pues, ejemplo de juventud y dejando de estar apoltronados en la comodidad defendamos lo que ellos defendieron, se nos pida lo que se nos pida:



LAS VIRILES PROTESTAS DE LOS ESTUDIANTES SEVILLANOS LAS HA IMPULSADO LA A.E.T.

"Recibimos una atenta carta de nuestro querido correligionario, el ilustre presidente de la Agrupación Escolar Tradicionalista de Sevilla, don Fernando de Soto Oriol. Al cual – y a nosotros también – le interesa rectificar la versión que el día 15 dimos acerca de los tumultos estudiantiles ocurridos en Sevilla.

Según dicha versión, los estudiantes, que sintieron sus más patrióticos sentimientos heridos y villanamente ultrajados por la actitud de cierta facción de estudiantes catalanes, fueron los fascistas de Sevilla.

Esta noticia hay que rectificarla, y nosotros la rectificamos con singularísima complacencia. La Agrupación Escolar Tradicionalista (A.E.T.) y sus miembros son – como dice el señor Soto Oriol - “los que supieron defender el concepto de Patria y Ejército contra sus calumniadores y vejadores, aunque estén en los más altos poderes del Estado. Y buena prueba de ello es que el único detenido que hubo fue nuestro valeroso correligionario Mariano Naveros”.

Por nuestra parte, hecha ya y con mucho gusto nuestro, la rectificación debida, nos alegramos infinitamente de que esa actitud viril de los estudiantes sevillanos, secundados hoy por los de Madrid, la haya impulsado y promovido nuestra querida A.E.T. de Sevilla. Creemos que por encima de toda enseñanza puramente técnica y facultativa, están, y deben respetarse donde quiera que haya españoles, cuanto más en los centros docentes, las supremas enseñanzas contenidas en los conceptos legítimos de Patria y Ejército, ultrajados por los separatistas catalanes. Defender, pues, estos conceptos, y protestar enérgicamente contra los agravios que reciben, no es hacer política, como falsamente ha dicho el rector de la Universidad de Sevilla, sino hacer Patria, que es deber de todos los españoles, y hacer ciencia española en sus ideas fundamentales, que es deber principal de los estudiantes.

Nos complace, pues, muchísimo, saber y proclamar que en el cumplimiento de este deber han sido los primeros y más caracterizados los escolares tradicionalistas de Sevilla. ¡Ojalá les sigan e imiten los de toda España!

Cuanto a la detención del señor Naveros, la lamentamos cordialmente, y protestando con toda energía, reclamamos su libertad inmediata, y nos solidarizamos totalmente con él y con sus compañeros que les sigan. La juventud salvará Bien por ellos y por todos aquellos correligionarios y amigos nuestros sevillanos a España."


El entrecomillado corresponde a:

martes, 10 de marzo de 2015

10 de Marzo, Festividad de los Mártires de la Tradición

Queridos lectores y amigos:

Hoy 10 de marzo celebramos la festividad que S.M.C. Don Carlos VII por carta a su Jefe Delegado, el Marqués de Cerralbo, fechada el 5 de noviembre de 1895, instituyó. Diez de marzo, muerte en el exilio en Trieste de S.M.C. Don Carlos V. Festividad de los Mártires de la Tradición, de nuestros Mártires. 

En esta noche aciaga que ahoga a nuestra Patria y a nuestra Santa Religión no pueden no venir a nuestra memoria la vida de aquellos Mártires de la Tradición, que renunciando a los honores del Mundo supieron entregar hasta su último suspiro por Dios, la Patria y el Rey legítimo. Muchos proscritos hoy hasta por una Iglesia que ha venido a sumarse a los factores de la Revolución, y deja yacer como inútilmente a nuestros Mártires, que únicamente son recordados por los tradicionalistas de todo el orbe hispánico que en estos días rendimos homenajes a ellos y no cesamos de encomendarnos. 

Y es que, aunque se haya querido hacer que la sangre de nuestros Mártires se oculte cual mancha oscura en el suelo, esa sangre no puede no dar frutos. 

Podría acusarse que nos encontramos celebrando una Festividad hoy anacrónica. Pero no solo es anacrónica hoy, sino que ya en el momento de su institución, tras haberse producido la usurpación monárquica y haberse instalado el liberalismo y el conservadurismo en nuestra Patria, que es decir también en el Nápoles Hispánico, en los reinos de las Italias, y un caso un tanto distinto años después debido al ralliemant sería el francés, aunque con el tiempo se aproximará al caso español, especialmente tras el II Concilio Vaticano. 

Como señaló acertadamente el Prof. Barraycoa en la Quincuagésimo primera Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, hoy, ante la desaparición de la posibilidad inmediata de una restauración de un Estado católico y la fulgurante secularización de la sociedad ¿qué debemos hacer los católicos llamados por vocación a la política y a la restauración del Reino de Cristo? Se abre ante nosotros una dicotomía - señala Barraycoa -, o bien como muchos han hecho, hay que aceptar "lo que hay", porque "no hay más" (habla en términos de utilitarismo político: falta de organizaciones, medios, posibilidades de éxito, etc.); o bien emprender una emulación de Gedeón y casi desear que cada vez seamos menos, para que así Dios demuestre que la victoria es suya. Aunque el cuerpo y el alma nos parece pedir esto último, ello no resuelve el problema de la "praxis" cotidiana del católico en la comunidad política. Ello se debe a una ruptura de una tradición de Res publica christiana, que aunque se mantuvo en lo político en los siglos de la Cristiandad, hasta la llegada de la Revolución francesa, ahora esa fractura parece haberse producido en lo social y en el alma de millones de católicos. 

Pero ceder a esta idea sería una deshonra y una traición a nuestros Mártires. Cuando decía más arriba que es una festividad anacrónica es porque, no nos engañemos, desde el II Concilio Vaticano , desde Roma con Dignitates Humanae y otros textos se ha venido a romper aquello por lo que nuestros Mártires dieron hasta su último aliento. Si se ha querido dar cabida a una seudo tradición y hermenéutica de la continuidad (en la teoría conservadora) no es más que un disfraz en documentos nada claros que vienen a querer dar una doble visión que, a la postre, no es más que una ruptura con la Catolicidad, una traición a la sangre de nuestros Mártires (baste recordar el texto Una nueva laicidad, Card. Angelo Schola; también llamada "sana laicidad"). 

Pero ahí yace la sangre de nuestros Mártires en nuestra Patria, que el ejemplo de tradicionalistas como D. Manuel de Santacruz, el Prof. Gambra Gutiérrez, el Prof. Ayuso Torres y otros tantos sabiendo no dejarse seducir por el liberal-conservadurismo, por las ideas fascistas que en su momento sedujeron a numerosos católicos por ser contrarias al liberalismo y al comunismo, nos dan claro ejemplo continuamente; más aún a los que integran las diferentes AET de Sevilla y Salamanca. 

Pero hemos de recordar que lo que fue la reducción de la Cristiandad a Cristiandad menor en el orden de las Españas como señalara el eximio Francisco Elías de Tejada es hoy lo que el Prof. Ayuso ha marcado como Cristiandad mínima reducida a la Comunión Tradicionalista. A lo que debo añadir que si bien parece ser arduo el trabajo y la situación peninsular, la sangre de nuestros Mártires ha regado los campos de las Españas y poco a poco, a pesar de una sociedad venida en disociedad, se pueden comenzar a ver los frutos. Que hoy en Sevilla, Salamanca, Madrid, Gijón, Granada y el resto peninsular nos unamos jóvenes en la restauración de círculos tradicionalistas, lugares de reunión de correligionarios, una militancia que vuelve a activarse, pese a la indiferencia y tibieza de muchos que no acaban de despertar, cuando el clericalismo llega a su paroxismo y hace estragos, cuando vemos que las situaciones venidas no son irreversibles en el panorama de las Españas y en el internacional, hemos de reconocer que la sangre de nuestros Mártires da fruto, que cada uno de nosotros hemos de ser esos cultivadores que no obstaculicemos el fruto de esa sangre, porque no se secó jamás. 

Si esa Cristiandad mínima que es el carlismo, que viene a unir lo verdaderamente sano del espíritu hispánico es capaz de, cada año, congregar en todo el orbe hispánico tanto ultramarino como peninsular a multitud de hombres, mujeres, familias, jóvenes estudiantes universitarios, doctores de diferentes profesiones bien es señal de que el carlismo no ha fenecido en ningún momento; sino que, todo lo contrario, el tradicionalismo vive y vivirá porque la sangre de nuestros Mártires aunque se haya querido ocultar no fue derramada en vano. Situados bajo la única bandera y al servicio de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón daremos el fruto que la sangre de ellos merece. 

J.C.H.
Agrupación de Estudiantes Tradicionallistas de Sevilla (AET)


jueves, 26 de febrero de 2015

El Concepto Dinámico de la Tradición


El hombre discurre y, por lo tanto, inventa, combina, transforma, es decir, progresa, y transmite a los demás las conquistas de su progreso. El primer invento ha sido el primer progreso; y el primer progreso, al transmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba. La tradición es el efecto del progreso; pero como le comunica, es decir, le conserva y le propaga, ella misma es el progreso social. El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al alcanzar el primer resplandor si la tradición no la recoge u la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de su llama.

La tradición es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le transmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla, para comunicarla mejorada a sus sucesores. Puede también malbaratar la herencia o repudiarla. En este caso, lega la miseria o la ruina: y si ha edificado algo, destruyendo lo anterior, no tiene derecho a que la generación siguiente, desheredada del patrimonio deshecho, acepte lo suyo: y lo probable es que se quede sin los dos. Y es que la Tradición, si incluye el derecho de los antepasados a la inmortalidad y al respeto de sus obras, implica también el derecho de las generaciones y de los siglos posteriores a que no se le destruya la herencia de las precedentes por una generación intermedia amotinada. La autonomía selvática de hacer tabla rasa de todo lo anterior y sujetar las sociedades a una serie de aniquilamientos y creaciones, es un género de locura que consistiría en afirmar el derecho de la onda sobre el río y el cauce, cuando la tradición es le derecho del río sobre la onda que agita sus aguas.

El anillo vivo de una cadena de siglos, si no está conforme con los que preceden y quiere que so lo estén los que le siguen, puede salir de la cadena para existir por su cuenta; pero no tiene derecho a destruirla ni a privar a los posteriores de los anillos precedentes.

Y siendo todas las autonomías iguales, las de los siglos precedentes y las de los posteriores valen más que las de un momento dado de la Historia, aún suponiendo -lo que no ha sucedido nunca- que una oligarquía no usurpe el nombre de todos y no haga pasar el capricho de los menos por la voluntad de los más. Luego por encima de esa imaginaria autonomía está el deber de subordinarse a la tradición hasta por el imperio de las mayorías, que rara vez son simultáneas; pero que, cuando se trata de las instituciones que expresan los grandes hechos de un pueblo, son siempre sucesivas.

Ved, señores, cómo la tradición, ridículamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ella ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admitir la naturaleza animal, no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica.

Esta es la causa de que todo hombre, aún sin advertirlo y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes y verá que lo que queda no es le mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como el complemento de su existencia. El revolucionario más audaz que, en nombre de una teoría idealista, formada más por la fantasía que por el entendimiento, se propone derribar el edificio social y pulverizar hasta los sillares de sus cimientos para levantar otro de nueva planta, si antes de empezar el derribo se detiene a preguntarse a sí mismo quién es ; si la pasión no le ciega, oirá una voz que le dice desde los muros que amenaza y desde el fondo de su alma: Eres una tradición compendiada que se quiere suicidar; eres el último vástago de una dinastía de antepasados tan antigua como el linaje humano; ninguna es más secular que la tuya. Si uno sólo faltara en esa cadena de miles de años, no existirías; quieres derrocar una estirpe de tradiciones y eres en parte obra de ellas. Quieres destruir una tradición en nombre de tu autonomía y empiezas por negar las autonomías anteriores y por desconocer las siguientes; al inaugurar tu obra, quieres que continúe una tradición contra las tradiciones pasadas y contra las tradiciones venideras, proclamando la única verdad de la tuya. Mirando atrás, eres parricida; mirando adelante, asesino, y mirándote a ti mismo, un demente que cree destruir a los demás cuando se mata a sí mismo.

Los hombres grandes son aquellos que saben conservar, en una sociedad intangible, la herencia de la tradición; los que no sólo la conservan , sino que la corrigen; o los que, no satisfechos con conservarla y corregirla, la perfeccionan y la aumentan. Y el más tradicionalista no es el que sólo conserva, sino el que, además de conservar, corrige, el que añade y acrecienta, porque sigue mejor el ejemplo de los fundadores, no limitándose a mantener el caudal, sino haciendo lo que ellos hicieron: producir y prolongar con el progreso sus obras.

Por eso los hombres más grandes de la historia son los más tradicionalistas; es decir, los que no dejan tras de sí más que tradición. Solo el vulgo que no funda no transmite nada propio: y muchas veces, sin conocerlas siquiera, repudia las herencias de los demás. En suma,la autonomía individual es la soledad del aislamiento, rompiendo la trama social de las generaciones e interrumpiendo bruscamente, si a tanto alcanza su fuerza disolvente, la continuidad de la vida de un pueblo. La tradición es la familia agrupada en derredor del mismo hogar, en donde se sustituyen los hombres y las llamas, que duran más que los hombres.



Discurso del Parque de la Salud de Barcelona, 17 de mayo de 1903. Juan Vázquez de Mella

domingo, 22 de febrero de 2015

En Defensa de las Juntas Vecinales

Si como misión nos proponemos la defensa de los fueros universitarios y las libertades concretas, no es óbice para que tratemos lo concerniente a las Juntas Vecinales que vemos mermar por la labor acaparadora y totalitaria de un gobierno (de ocupación) centralista y liberal que viene a romper, como lleva haciendo desde la usurpación monárquica, con las libertades concretas que ligan al hombre con sus ancestros y su arraigo natural tomando forma en la propia ley natural hoy corrompida y desvirtuada en forma de llamados derechos humanos y libertad abstracta. Bien, así venía tal gobierno (de ocupación) el pasado 13 de junio con su ministro Cristóbal Montoro anunciando una reforma que implicaría el fin de las juntas vecinales, quedando los bienes de las pedanías absorbidos por los ayuntamientos. El gobierno (de ocupación) ha anunciado, con su ministro a la sazón, que tendrá preparada esta nueva ley antes de final de año.

Desde la AET queremos hacer ver que si el hombre unido a su familia forma la pedanía y el municipio, romper los lazos de la comunidad que une a cada hombre, a cada familia, con las demás en una continua convivencia y en el compartir un pasado común, una misma fe (recordamos que al pueblo español le ha unido y vivificado la unidad católica) y tradiciones comunes, separar al hombre de la comunidad en aras de un mayor aprovechamiento económico no es por un modelo económico meramente, sino antropológico o, en todo caso, un modelo económico contra natura que conduce a un modelo antropológico de la destrucción del hombre y de la comunidad. Si se ha gozado de libertades concretas hoy deformadas por las llamadas "libertades individuales", ha sido por la inextricable union del hombre a la ley natural y, así, a la comunidad. Hoy se nos presenta la ruptura del hombre con la comunidad, del hombre como individuo en abstracto y sin unos cuerpos intermedios que sean realmente los representantes del hombre y la comunidad ante un Leviathan cada vez mayor. Ante eso respondemos que no dejaremos de luchar desde las premisas del tradicionalismo hispánico por la comunidad, por las juntas vecinales de nuestras pedanías y municipios, por los cuerpos intermedios, esto es, por la unidad de las familias en la comunidad como base y fundamento del hombre y de la Cristiandad con la que se viene a romper desde las premisas revolucionarias que agostan el llamado bien común de lo que se llamó en un momento la res publica Christiana. Intentaremos, pues, por todos los medios que las juntas vecinales sigan existiendo y prestando como hasta ahora servicios imprescindibles. Al fin y a la postre, que todo lo que siempre ha pertenecido al pueblo, siga perteneciendo. Si el monstruo Leviathan con sus gobiernos de turno vienen (como hacen desde dos siglos atrás) a romper con la unión del hombre a su familia, a su pedanía, a su municipio, esto es, a la comunidad; el pueblo español, las familias, las comunidades universitarias, las juntas vecinales y todos aquellos cuerpos que forman la comunidad de los hombres verán en el tradicionalismo hispánico esa voz de denuncia y de reconstrucción de la comunidad derribada que se contempla en la noche. El principio de subsidiariedad es inseparable de la comunidad de los hombres o, si se prefiere, de la comunidad política, las libertades civiles del hombre en comunidad defendida por Juan B. VALLET DE GOYTISOLO como "sociedad de sociedades" integrada a través del principio de subsidiariedad, principio que se debe mantener en su integridad como fue cultivado y mantenido por la Cristiandad frente a la subsidiariedad individualista de Mastrique en palabras del Dr. AYUSO TORRES. Y es que con la defensa de las juntas vecinales y de los diferentes cuerpos intermedios venimos a decir y defender, con GALVAO DE SOUSA, que la sociedad ha de representarse en el Poder en su más amplia variedad sin ser sustituidas por los partidos políticos que hoy suplen la verdadera labor de los cuerpos intermedios nacidos espontáneamente de la sociedad pero rompiendo la independencia de éstos del Poder y deformando a su antojo los intereses de la sociedad para amoldarlos a los intereses partidistas que, a la postre, son los del Levithan y sus gobiernos de turno. Se viene así a invertir el sistema representativo, convirtiéndose los partidos políticos en las únicas formas de representación de la sociedad.

En la brecha de la defensa de tales cuerpos intermedios tomando forma en los fueros, juntas vecinales, comunidades universitarias (con los respectivos fueros universitarios) frente a la monopolización por los partidos revolucionarios y sus intereses estará la el tradicionalismo hispánico encarnado, especialmente en este campo, en la AET.

Jesús de Castro

viernes, 20 de febrero de 2015

Justicia Social y Tradicionalismo

Discurso Ignacio Hernández en la Cena de Cristo Rey 2014

Un excelente dique contra el poder del dinero fue la Monarquía. Pero no cualquiera, sino la católica, fuerte, capaz de hacer frente a los intereses materiales que bajo capas de bien común esconden el egoísmo. No es que la Jaime IIIRepública favorezca la caída del gobierno en la plutocracia, pero sí tiene una tendencia. En el Antiguo Régimen, las repúblicas, incluso las aristocráticas como la de Venecia, terminaban absorbidas por los intereses económicos de las grandes familias. E igual pasó con la usurpación del trono en Inglaterra por Guillermo de Orange y luego por los Hanover. El Parlamento, compuesto por la City y por los nuevos ricos de la revolución protestante que siguió al cisma anglicano, se apropió del gobierno. La monarquía constitucional deja el camino libre a la plutocracia.

Fijémonos, en contraste, con nuestra monarquía, cuyos titulares conocieron los problemas económicos de sus súbditos. Carlos V que llegó a recorrer horizontes sin calzado por los sacrificios de la guerra. Carlos VI obligado a ocupar estancias muy por debajo de su rango. Ese Carlos VII que incluyó en el Acta de Loredán la doctrina social, como recordó Don Sixto Enrique en su Manifiesto de Irache. Y Jaime III que asistía con su traje de pana y carnet de sindicado a las reuniones sindicales, fruto de su curiosidad obrera. Allí vio cómo el mayor peligro para las organizaciones sociales era su politización, que hacía que no funcionaran de acuerdo a los intereses profesionales del obrero, sino del partido.

El liberalismo, cuando se apoderó del gobierno en España, decía querer resolver los problemas del Antiguo Régimen. Creó en cambio problemas de gravedad mucho mayor, que todavía hoy arrastramos. Y todo indica que seguirán agravándose.

En la España de 1833 apenas había desheredados. La inmensa mayoría de los españoles tenía acceso a la propiedad, ya fuera mediante la propiedad privada o la comunal. De tal manera, la depauperación del campesinado no existía por motivo del reparto de las tierras. Pero el propósito de crear una burguesía que funcionara como sostén de la monarquía usurpadora, amén de la avaricia y del sectarismo, llevaron a Mendizábal y a Madoz a arrasar con las propiedades comunales, así como con los bienes de las corporaciones y con los eclesiásticos. En las Españas de Ultramar tuvo el liberalismo el mismo efecto. Corsi Otálora recordaba en su libro ¡Viva el Rei! cómo la independencia de Hispanoamérica significó también la entrega del poder a una burguesía mediatizada por los intereses anglosajones. Así, los negros, carentes de monarca y, por tanto, de justicia, pedían su retorno y la caída de la nueva oligarquía al grito de ¡Muera el blanco!

El primer ataque condenó a la Iglesia, antes independiente en materia económica, a arrodillarse ante el poder civil. Por si fuera poco, la economía dependiente de la Iglesia desapareció y multitud de monasterios y obras de arte desaparecieron o se dispersaron. Si queremos disfrutar de muchas obras españolas, tenemos que marchar a América. Por no hablar de la enseñanza y de las obras sociales; el generalizado analfabetismo del siglo XIX y comienzos del XX, por ejemplo, es fruto de la Desamortización.

El segundo ataque provocó la pobreza en el campesinado español. Perdidos los bienes municipales, sus fuente de ingresos disminuyeron. El campesino se transformó en jornalero, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, y las más de las veces a la explotación. Consciente de esta situación, Luis Chaves Arias, carlista, fundador del Correo de Zamora, alentó a crear las cajas rurales que alejarían el fantasma de la usura del campo español; fomentó también las cooperativas de consumo.

El liberalismo preparó a la sociedad para implantar el caciquismo y crear el proletariado, masa sin amparo, una parte del cual pronto se acogería a los cantos de sirena de socialistas y comunistas.

En aquel momento empezaron a surgir los sindicatos, para llenar el vació dejado por los gremios. En principio o en apariencia, al menos, luchaban por la dignidad de los que habían sido convertidos en proletariado. Dignidad que habían perdido por culpa del capitalismo de la alta burguesía. Sindicatos que nunca debieron ser instrumentos al servicio al Estado ni del partido, sino defensores de los intereses profesionales. Por desgracia la trayectoria de los de izquierda los llevó enseguida a la situación de ahora, profesionalizados y burocratizados, que funcionan de forma descendente. Ni son autónomos ni representativos de los trabajadores.

Conocedores de esta realidad, los carlistas Ramón Sales y Ginés Martínez crearon sindicatos libres en sus respectivas ciudades: Barcelona y Sevilla, que luego irían surgiendo en otros lugares. El segundo, diputado y operario en la Compañía de Ferrocarriles, no cabía en su asombro cuando consultando archivos y bibliotecas contempló como el Fuero de Badajoz combatía los trusts, los monopolios y la especulación de los intermediarios; cómo los Reyes Católicos consideraron delito el sabotaje; cómo se protegía la profesión de la mujer para no que no cayera en la pobreza la viuda o para conseguir su dote la soltera; o las medidas que había para evitar los posibles abusos del maestro contra al aprendiz. Allí estaban el Fuero Juzgo, el Código de las Siete Partidas, el Fuero de Teruel, las Leyes de Toro, el Ordenamiento de Montalvo, la Novísima Recopilación, las pragmáticas de Felipe II o las Leyes de Indias. No había en aquel entonces socialistas. Sí había espíritu de justicia en los legisladores. Y era visible la influencia de los teólogos de Alcalá, Salamanca o Valladolid. Muchos de ellos actuaron como tribunos del pueblo, como en el siglo XX sería el dominico padre Gafo, mártir a manos de los rojos, al igual que Ramón Sales.

Inspirado en estos principios, el Carlismo fue puntero en la cuestión social. De tal manera, que el Primado Aguirre llegó a preocuparse de que el sindicalismo católico cayera entero en manos de los carlistas. Y era un problema, porque los carlistas no compadreaban con el poder oficial. Sentencias como «un capitalismo excesivo, que tiene su trípode en el anonimato, la Banca y la Bolsa, que por su origen puede proceder de especulaciones inmorales, y que por su empleo se dirija al vicio, a la inmoralidad, a la corrupción, al goce personal, con el desprecio a los necesitados, está en oposición con los fundamentos de la propiedad y con la solidaridad de los demás trabajos» no son de Pablo Iglesias, sino de Vázquez de Mella.

En 1913, la Casa de la Tradición, en la calle Pizarro, retó a los anarquistas y socialistas a debatir sobre la cuestión social. El debate fue claro, la Comunión Tradicionalista tenía mejor respuesta a los problemas, destacando el verbo de López de Viviego, Mergelina o Hernando de Larramendi. Y es que el Carlismo, asentado en el sentido común, no contempla la economía como una ciencia exacta ni dogmática, sino como una ciencia pragmática sujeta a la moral.

Sí tiene unas líneas básicas como son el corporativismo (bien entendido este término); la libre concurrencia, dentro de un orden y siempre que no perjudique el bien común; la economía sujeta a la moral y al derecho y como medio, nunca como fin; y la convivencia de la propiedad privada con la colectiva.

Hoy en día, a pesar de nuestro reducido número, seguimos con un discurso realista que es capaz de tornar de nuevo aquellos tiempos donde la economía se adecuaba a los principios morales.

Cuando el porvenir de España es tan negro, con las bajadas salariales, la pérdida de derechos laborales, el acuciante peso de la oligarquía y al mismo tiempo las terribles consecuencias de las costumbres morales reflejadas en la demografía; en la despoblación del campo debida a la concentración e industrialización de la agricultura, entre otros factores; cuando sufrimos bajo un régimen que ha integrado el paro como una realidad y un instrumento más en el panorama económico, el Carlismo se presenta como un Arca de Noé. Porque, al ser el único movimiento que se somete a los principios verdaderamente cristianos y reconoce la realeza actual y efectiva de Nuestro Señor Jesucristo, sólo de nuestra Causa cabe esperar que, en nuestra Patria renazca el vínculo de fraternidad que, como decía la encíclica Quas primas «alejará y suprimirá los frecuentes conflictos sociales y disminuirá sus asperezas».



domingo, 15 de febrero de 2015

Manifiesto de la AET contra la declaración de Bolonia

La Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas manifiesta públicamente su repulsa radical y denuncia una reforma que supone, en la práctica, la supresión de la Universidad. Nos referimos a la Declaración de Bolonia y al llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES).

Como vamos a ver a continuación, la Universidad va a dejar de ser un bien al servicio de todos para someterse a las exigencias de estos grupos de presión. De esta forma, los recursos públicos de la enseñanza quedarán sometidos a la arbitrariedad de los grandes lobbies y dependerán de la financiación que éstos les quieran procurar.

Actualmente en el continente europeo, de las aproximadamente ochenta instituciones cuyo origen podemos rastrear en la Edad Media, todavía setenta son universidades. Nuestras universidades aún son perfectamente reconocibles como descendientes de aquellas, puesto que, pese a los cambios sufridos —muchos de ellos encaminados a la decadencia y no a una positiva evolución—, siguen conservando la sustancia. Sin embargo, en cuanto el Espacio Europeo de Enseñanza Superior haya entrado en vigor, la Universidad como tal desaparecerá para dar lugar a otra cosa completamente distinta. Ese propósito de sustituir la Universidad por una empresa (en el sentido comercial) de conocimientos, lleva pareja la intención de generar una competitividad real entre las universidades europeas, entre una serie de productos equiparables, de manera que puedan aplicarse las leyes del juego económico liberal. Así, pronto a todo el mundo le parecerán normales los procesos de quiebras y liquidaciones, fusiones y absorciones entre estas empresas, regulaciones de empleo, etc.

Mediante esta reforma, la Universidad, que ya estaba en decadencia, va a dejar de ser una corporación de estudiantes y profesores (tal es lo que significa Universitas scholarum), para convertirse en una industria productora de «futuros profesionales» para las empresas, principalmente para las grandes empresas. No olvidemos que, según cifras de la Agencia Tributaria, las grandes empresas, representando tan sólo el 0,9% del total de empresas, mueven el 65,1% de operaciones económicas en España. Es un eslabón más dentro de la cadena de la plutocracia internacional, que pone ahora las universidades españolas y europeas al servicio de la Globalización y el Multiculturalismo.

I. ¿En qué consiste la Declaración de Bolonia?
El origen de esta nefasta reforma de la enseñanza está en el Acuerdo General de Comercios y Servicios, firmado por la OMC en 1995. Así, 151 Estados acuerdan «liberalizar el comercio de servicios», ya que «la financiación pública es un elemento de distorsión de los mercados».

Después de varias reuniones, los ministros de educación europeos se citan en Bolonia (Península Italiana) en 1999, emitiendo la famosa Declaración. En ella, se habla de transformar radicalmente la enseñanza universitaria en el ámbito europeo. Bolonia representa el triunfo del mundo moderno en el ámbito académico.

Es llamativa esa palabrería tan frecuente sobre libertad e igualdad, al tiempo que se fomenta la opresión económica sobre los sectores más amplios de la población, lo que indudablemente contribuye a aumentar la conflictividad social. Es llamativo también el hecho de que se inviertan enormes cantidades de dinero para salvar a grandes empresas, mientras se pretende borrar de un plumazo toda ayuda a intereses que a corto plazo son menos productivos, o que no son productivos para las grandes entidades financieras. Por otra parte, el individualismo económico mercantiliza la vida política del individuo, sobre el cual va a pesar más su estatuto de consumidor que cualquier otro, y le priva de su libertad. Los diferentes órganos de poder político han perdido en buena parte su capacidad de decisión en favor de un capital sin rostro.

II. Desaparición de las carreras y doctorados
El Real Decreto 13/93 de octubre de 2007 anuncia que en el año 2010 desaparecerán para siempre las Diplomaturas, Licenciaturas y Doctorados, siendo sustituidos por el Grado y el Posgrado.

a) El Grado

En vez de subsanar el estado penoso y lamentable de la formación que se imparte en los estudios de enseñanza primaria, media (ahora llamada «secundaria») y bachillerato, a partir de ahora el Grado se convertirá en una especie extraña de FP. Efectivamente, el artículo 9 del Real Decreto que impone tiránicamente en España la Declaración de Bolonia, define la finalidad del Grado como «obtención por parte del estudiante de una formación general orientada al ejercicio de actividades profesionales».

En cuanto a la estructura del Grado, los tradicionales cinco años de licenciatura se verán reducidos a cuatro años de grado, de los cuales sólo un año y medio será destinado a la formación específica de cada titulación: el resto, materias comunes de formación básica y prácticas en empresas, por supuesto sin remuneración. En otras palabras, esos cuatro años se distribuyen en 240 créditos ECTS, así repartidos:

Solamente 90 créditos para la formación relacionada de la especialidad en cuestión.
60 créditos de materias comunes de formación general.
60 créditos (es decir, un año) de prácticas en empresa no pagadas.
Entre 6 y 30 créditos para el trabajo de fin de grado.
Resulta absurdo pensar que puedan asimilarse contenidos de enseñanza superior en tan sólo tres años. Un análisis de este nuevo sistema de grados indica, a todas luces, que se pretende homogeneizar a todos los estudiantes y profesores de las diferentes universidades europeas como si se tratase de productos que deben competir en un mercado; es más, todo apunta a la creación de un enorme cuerpo homogéneo de diplomados mediocres utilizados para satisfacer las necesidades de la Europa de los mercaderes.

A decir verdad, incluso las ETTs ya reconocen que han reducido el número de contratos, pues las empresas aumentan cada vez más el uso de becarios (que o no cobran, o lo que cobran es ornamental), para cubrir los puestos de trabajo.

Por otra parte, siendo realistas, esta reforma rompe de manera radical la conexión entre la investigación y la docencia, porque las universidades pequeñas perderán en calidad docente al quedar, por falta de medios, sujetas a estudios de primer ciclo, mientras que las grandes serán dedicadas a la investigación. Además, el afán homogeneizador hará que todos los profesores de cada una de las universidades por igual deban calcular y uniformar los contenidos de su enseñanza, reduciendo la calidad. En el Real Decreto de 2003, en su Artículo 5, se establece que se marcará la distribución de las calificaciones sobre el total de la clase. De este modo, se rompe toda objetividad y se entra en un inmanentismo absurdo: se darán casos en que el mejor de la clase sea un completo ignorante.

Por cierto, mal podrá facilitarse la tan cacareada movilidad de los estudiantes por las universidades europeas en tan sólo tres años de estudio.

A todo esto se añade la inutilidad práctica de los títulos de grado, pues, mientras los estudiantes no se especialicen durante el postgrado, carecerán de las atribuciones profesionales necesarias para desempeñar un trabajo. Es decir, el sistema de licenciaturas y diplomaturas aseguraba a licenciados y diplomados la posibilidad de acceder directamente al mercado laboral, mientras que con el nuevo sistema de grados y su estéril «formación general», será imprescindible para el «graduado» costearse un posgrado para llegar a unos conocimientos especializados mínimos que le permitan conseguir un trabajo.

Así, por ejemplo, parece un chiste pensar en graduados en Derecho sólo con curso y medio. Desgraciadamente no se trata de un chiste, ya que no podrán acceder a las oposiciones de abogado mientras no se especialicen en el postgrado. Además, el gran retroceso económico que esta reforma implacablemente traerá, por ejemplo en la carrera de Derecho, resulta palpable si leemos el documento For a European Space of Legal Education, emitido por la ELFA (asociación de facultades europeas de Derecho), en el cual el Derecho Romano y la Historia del Derecho no aparecen ni anecdóticamente. Además, las imprescindibles enseñanzas de derecho constitucional, administrativo, penal, civil y procesal se muestran como materias que deben estudiarse más metodológicamente que en cuanto a contenido.

No será mejor la situación de los arquitectos, que no podrán firmar proyectos; ni la de los historiadores, que no podrán enseñar historia; ni tampoco la de los filólogos, que no podrán enseñar idiomas.

Como vemos, aquellos que obtengan un grado, sea la especialidad que sea, pierden sus atribuciones profesionales.

b) El Posgrado

Los doctorados y títulos de postgrado son suprimidos de un plumazo para dar paso al Posgrado, que será la especialización. Dividido en Máster y Doctorado, será necesario cursarlo para poder adquirir los conocimientos que no han sido suficientemente ampliados durante el Grado. La posibilidad de conseguir las atribuciones profesionales necesarias para trabajar pasará por pagar los derechos de matrícula de un Máster, cuyos precios serán entre tres y seis veces más caros que los actuales. De este modo, aseguran la posibilidad de que el Máster sólo pueda ser cursado por aquellos que puedan pagárselo, que no siempre son aquellos que tienen talento y creatividad importantes que aportar a la sociedad. Así será como se pierdan numerosas inteligencias que podrían haber aportado grandes cosas al mundo.

III. Supresión de los métodos tradicionales de enseñanza
Queda diseñado el nuevo crédito europeo (1 crédito ECTS = 30 horas), con el que sólo el 30% de los créditos corresponderán a clases magistrales, es decir, unas 10 horas lectivas a la semana. El resto, serán tutorías, seminarios, trabajos en biblioteca, horas estimadas de estudio, etc. No obstante, pagaremos el 100% de los créditos, por lo que pagaremos por nada. Es más, las pésimas infraestructuras existentes en la mayoría de universidades impiden la utilización eficiente y continuada de sus medios, así que habrá que pagar por estudiar en casa y pagándose uno mismo los materiales que deberían estar a disposición de todos. Además, con la matrícula de 60 créditos de prácticas en empresa tendremos una media de 35 horas semanales de permanencia obligatoria trabajando gratis.

Por otra parte, el Real Decreto emitido en el 2003 establece que «el venir a clase no será obligatorio o recomendable, será imprescindible para poder aprobar». Así, las universidades pioneras en la aplicación de estos planes han establecido ya la asistencia obligatoria.

Y algo aún más grave: en el Artículo 4 se resalta la idea de un «estudiante a tiempo completo», que dedique 7 horas diarias a sus estudios. ¿Cómo podrán entonces cursar estudios los estudiantes que compaginaban sus estudios con el trabajo?

IV. Los universitarios como esclavos del Gran Capital
A partir de la entrada en vigor del Espacio Europeo de Enseñanza Superior, serán las grandes empresas las que establecerán los criterios de calidad de las universidades y de las titulaciones. Puesto que, según la Organización Mundial del Comercio, «la financiación pública es un elemento de distorsión de los mercados», los planes de Bolonia promueven la inversión privada. Pero no olvidemos además que, como decíamos más arriba, según cifras de la Agencia Tributaria, las grandes empresas, representando tan sólo el 0,9% del total de empresas, mueven el 65,1% de operaciones económicas en España. Con lo cual, las universidades europeas (o sus restos mortales tras la entrada en vigor de estos planes) quedarán al servicio del Gran Capital, supeditadas a la Globalización y el Multiculturalismo.

Según el art. 25 del Real Decreto de Rodríguez Zapatero, será la ANECA, hasta ahora la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad de la Enseñanza (creada por la LOU de Aznar), el organismo que representará de manera directa las empresas y que evaluará y determinará los Planes de Estudios. Su Consejo Asesor está compuesto por «18 personalidades nacionales y extranjeras de reconocido prestigio del ámbito académico, profesional y empresarial».

(http://www.aneca.es/quees/queesest_consejo.asp)

La LOU, primera avanzadilla clara de Bolonia, está plagada de expresiones vinculando la «sociedad», como: «la universidad tiene que rendir cuentas a la sociedad», «la sociedad tiene que colaborar en la financiación de la universidad». En el Artículo 14 de la LOU se establece que el Consejo Social es el órgano de «participación de la sociedad en la universidad».

Desgraciadamente, cuando la LOU habla de «sociedad» no se refiere en absoluto a lo que entendemos tradicionalmente por sociedad, pues la mayoría de los miembros del Consejo Social de la Universidad de Sevilla, por ejemplo, son empresarios vinculados a empresas como Inés Rosales S.A., Auna, Caja Sur, Fundaciones Caetano S.A., etc. Sólo hay seis miembros de la comunidad universitaria (entre ellos el Rector). Sin embargo, el Consejo Social toma decisiones sobre los presupuestos de la universidad y sobre becas.

El Modelo de Financiación de Universidades Públicas de Andalucía del 2007 al 2011 (BOJA nº 146), estableció que el objetivo para final del período es que la financiación privada haya llegado ya al 30% del presupuesto universitario. Este mismo documento (punto 4.2.3) habla de la «Financiación vinculada a resultados» y establece determinados indicadores para financiar más a aquellas carreras cuyos titulados monten empresas propias en los tres años siguientes a la graduación.

Según el Real Decreto 13/93 de Rodríguez Zapatero, Capítulo VI, Artículo 25, la ANECA «tendrá carácter preceptivo y determinante» sobre los planes de estudio. Sin un informe positivo de la ANECA, un título «causará baja» y «se considerará extinguido», opinen lo que opinen la comunidad autónoma y el Consejo de Universidades.

Así pues, los planes de estudios deberán adaptarse a las necesidades de ciertas empresas punteras de cada sector, y la investigación deberá estar unida a las necesidades de las empresas privadas, porque, como dice la Ley de financiación de Universidades de la Junta de Andalucía: «Las Universidades deben financiarse más por lo que hacen que por lo que son». Para ellos la Universidad en sí misma no vale nada, si no es para satisfacer las necesidades del Gran Leviatán y de las garras doradas del Capital.

El nuevo Gobierno del PSOE acaba de transferir las competencias de gestión de la universidad del antiguo MEC al recién creado Ministerio de Ciencia, Innovación y Tecnología. Este ministerio está encabezado por Cristina Garmendia, gran empresaria farmacéutica y miembro de la Junta Directiva de la CEOE (Conferencia Española de Organizaciones Empresariales).

Serán exterminadas todas aquellas titulaciones que no cumplan los requisitos para financiarse, simplemente porque no son rentables para el gran Capital, al tener una «productividad» muy difícil de medir; como por ejemplo las filologías, la historia o las humanidades. Así, en la Complutense de Madrid, se van a eliminar todas aquellas carreras que tengan menos de 25 alumnos, por lo que pueden desaparecer todas las filologías, salvo la inglesa.

En cuanto a los másteres, habrá máster para ingeniería informática (IBM), para telecomunicaciones (Vodafone), minería (Repsol), etc. Sin embargo, ¿qué pasará, por ejemplo, con el máster de Historia del Arte?, ¿o el máster de griego antiguo?

V. Las becas desaparecen y las tasas suben
La Universidad, en vez de ser, como fue desde su nacimiento, una corporación de scholares (estudiantes y profesores) al servicio del conocimiento, se convierte en una empresa que necesita autofinanciarse, cuyos profesores son empleados que recaudan y los alumnos son clientes y, a la vez, productos para el mercado europeo. Por ello, las tasas aumentan y las becas van a desaparecer.

El Grado costará un 150% más que las actuales Licenciaturas (de 600 euros de media a 1500) y el Máster entre 3 y 6 veces más que los actuales. La Universidad de Sevilla ya ha ofertado másteres de 15.000 euros, y no se cree que ninguno baje de los 3.500 euros.

El Cursillo de Aptitud Pedagógica (necesario para hacer oposiciones a profesor) se convierte en un Máster. De tener una duración de entre 10 y 30 créditos actuales (entre 100 y 300 horas por tanto) pasará a durar 60 créditos ECTS (entre 1500 y 1800 horas). De costar entre 150 y 200 euros, pasará a costar 1500 euros.

Las becas, que deberían otorgarse a todos aquellos que hayan demostrado un cierto talento o, cuanto menos, una capacidad de esfuerzo y sacrificio, se recortan hasta casi desaparecer. En su lugar aparecen las becas-préstamo (que ya ofrece el BSCH) que se devuelven con un TAE del 10%. Esto es, préstamos que, tras acabar la carrera, hay que devolver con intereses, hipotecando así el futuro de los estudiantes, que tendrán que aceptar las condiciones laborales que se les ofrezcan, por precarias que sean. Ya sabemos, por la experiencia de Inglaterra, el impacto económico que causará en la población.

¿Y qué decir de los que cursen estudios según el modelo tradicional? Sus títulos, en la calle, pasarán a ser homologados con los nuevos de Grado y Posgrado, con las consecuencias que ello acarreará.

VI. Consecuencias
1. La Universidad pierde su carácter de Academia independiente, libre y gratuita para convertirse en una empresa expendedora de títulos.

2. Desaparición de carreras que el Capital considera inútiles. Los alumnos deberán estudiar las carreras que ordenen las grandes empresas y con los contenidos que éstas dicten.

3. Aumento del desempleo y de la precariedad laboral. Los que obtengan el Grado, al no poseer ni suficiente formación ni las atribuciones laborales necesarias, estarán en la calle y, si no lo están, deberán aceptar unas duras condiciones de trabajo. Además, incluso los que logren acabar sus estudios con éxito, difícilmente encontrarán puestos de trabajo, que estarán cubiertos por estudiantes que no cobran.

4. Si no tienes dinero suficiente no podrás pagarte la carrera. Como sólo unos pocos tendrán dinero suficiente, se perderán grandes talentos por no tener dinero. Se aprovecharán sólo aquellas inteligencias cuyos familiares tengan medios. Accederán a los estudios, sin embargo, muchos estudiantes sin talento pero con una familia adinerada (como de hecho ya sucede, con familias adineradas o no). Aquellos talentos que quieran trabajar para poder pagarse la carrera, no podrán hacerlo porque la asistencia será obligatoria.

5. Numerosos estudiantes del sistema anterior habrán perdido tiempo y dinero al sufrir la homologación con los nuevos títulos.

6. Los que tengan suerte visitarán las grandes universidades europeas y accederán a la investigación, mientras que, por debajo, quedará un cuerpo de diplomados mediocres que constituirán una bolsa de mano de obra supeditada a los intereses de unos pocos.

7. Muchos estudiantes, cuando acaben la Universidad, quedarán como esclavos de los bancos.

VII. Epílogo. La raíz de la Universidad y la raíz de Bolonia
Trágicamente, cuando Bolonia entre en vigor, asistiremos a la desaparición de una de las grandes creaciones de la Cristiandad. Por chocante que pueda resultar a aquellos que se hallan inmersos de la información envenenada que se da en este sistema hijo de la Revolución, cualquiera que profundice un poco puede constatar que a lo largo de la Edad Media se operó una lenta liberación del pensamiento científico y filosófico respecto a la permanente influencia enredadora del saber mágico, es decir, del lógos respecto del mito. Fue una liberación en cuanto a que el saber extra racional tiende a convertir el conocimiento sensible e intelectual en mito y la técnica en magia, e impide el desarrollo intelectual.

Esto fue posible porque lo numinoso y sobrenatural, así como sus interpretaciones, quedaron como competencia de la Iglesia. Si se leen las actas del Santo Oficio, se podrá ver la constante lucha contra los oscurantismos y pseudo saberes ocultistas. Era el lógos frente a la constante amenaza del mito. Así, el método escolástico en general se ocupó de defender el vocabulario y el discurso de los graves riesgos de la ambigüedad, la homonimia y polisemia de las palabras, frecuentes vehículos de la mitificación intencionada del lenguaje.

Desde que somos pequeños, este sistema nos intenta presentar la Civilización medieval, cristiana desde su base, como hundida en siglos de oscuridad. Esa silenciosa y difícil labor de la Edad Media es la que sobrevive y culmina en el Renacimiento, esa modesta sociedad es la madre de la actual civilización, pues es la que ha predominado; sin embargo, Bizancio y el Islam circulaban por un camino que no les condujo a ninguna parte, pereciendo el primero en el siglo XV y el segundo perdiendo toda fecundidad en el siglo XII.

Es visible también un progresivo retorno de los esoterismos y las supersticiones paralelamente a la pérdida de vigor por parte de la Iglesia. Al ser la Iglesia quien se ocupaba de administrar lo sobrenatural, con la concepción de las dos espadas, el poder civil y el eclesiástico, creó el caldo de cultivo para el desarrollo de las ciencias y de las artes. Formó una sociedad que no desembocó en las gnosis helenísticas ni en el quietismo de los orientales, sino en el Renacimiento y el gran desarrollo de la Modernidad, que no podrían haber surgido súbitamente de supuestas revoluciones tecnológicas o actitudes liberadoras; actitudes que, por otra parte, nos han ido demostrando sus frutos hasta el día de hoy.

Fue ese espíritu de la sociedad cristiana, construida desde su base (y no como todas las sociedades posteriores a la Revolución Francesa, que están construidas desde arriba), como en 1187 el papa Alejandro III declaraba en una importante bula la gratuidad de la enseñanza universitaria a partir del pasaje evangélico: Si gratis lo recibís, dadlo gratis. La Universidad nace con el interés del puro conocimiento de la verdad (Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida), con el afán de profundizar en el legado cultural del mundo antiguo y en sus avances (recogidos fundamentalmente en el trivium y el quadrivium), conjugados con la Fe.

Pero será en el año 1229 cuando la Universidad se consagre como una institución libre e independiente tanto de grupos lucrativos como de centralismos del Estado, después de una huelga de profesores y alumnos en el año en París, en la que son asesinados varios estudiantes a manos de los sargentos del Rey de Francia. Fue entonces cuando la Sede Apostólica consagró la Universidad de París como una corporación de estudiantes y alumnos, siguiendo sus pasos el resto de las universidades, como fue el caso de la de Salamanca, que nació apoyada por el Rey de León y que después se convertirá en el centro intelectual más importante de la Cristiandad, modelo de las nuevas universidades que serán fundadas más tarde en Hispanoamérica.

Desgraciadamente, todo resto de libertad, de justicia social y de sociedad cristiana desaparece, pues cada vez es mayor el poderío de los lobbies de las grandes empresas y de los grupos financieros mediante la presión que ejercen ante la Comisión Europea. Estos grupos aplican su fuerza para obtener una legislación y unas concesiones adecuadas para sus intereses. Del mismo modo, ahora van a someter a sus intereses particulares también la Enseñanza Superior. Se trata de un paso más en la sustitución de una economía de subsistencia, propia de la antigua Cristiandad, en la que se progresa sin prisa pero con paso seguro y grandes resultados, por el Estado Capitalista, con una sociedad cada vez más deshumanizada y plutocrática, donde el único motor es el lucro por el lucro.

El puritanismo calvinista, con sus falsas concepciones acerca de la predestinación y del libre albedrío, está en la raíz del capitalismo. Según esa línea, el hombre tiene dañada la naturaleza por el pecado original; por tanto, aquel que no haya sido redimido ya hace dos mil años tenderá al mal y por ello es preciso un estado todopoderoso que lo controle. Al mismo tiempo, las grandes empresas y grupos financieros pueden prosperar en un afán desmedido de lucro, ya que es Dios el que les concede el capital porque ellos sí están redimidos, mientras que aquellos que se hallen en situaciones desfavorecidas deberán aguantarse porque así lo quiere Dios. ¡Qué gran diferencia respecto al concepto que los católicos tradicionales tenemos de la Caridad! Todas las criaturas de Dios merecen nuestro amor y la justicia. Ni es admisible un Estado, en manos del grupo más fuerte, que todo lo controle, ni es admisible que haya entidades de dominación al margen del poder político que puedan controlar las pequeñas estructuras de la sociedad, que deben ser múltiples, libres y bien organizadas.

Ese espíritu calvinista continúa con filósofos como Hegel, Nietzsche o Schelling, elevando a norma de conducta ideal el derecho del más fuerte. De ahí brotan todas las ideologías. Mucho se habla de «inmovilismo» en la sociedad cristiana, pero la realidad es que, a medida que la sociedad iba haciéndose cada vez más cristiana y puliendo los restos del antiguo paganismo, fenómenos como las peregrinaciones comenzaron a fomentar una movilidad social natural y cristiana que poco tiene que ver con la «movilidad» que genera el estado liberal.

Las ideologías no se diferencian entre sí más que por matices, ya que todo su lenguaje, sus «ideales» y su «dialéctica» son los mismos. Todas ellas defienden sociedades construidas desde arriba y no desde su base, al revés que la sociedad cristiana, donde los fueros remarcan el autogobierno y las libertades de los individuos y las instituciones, que se hallan protegidas frente a cualquier posible agresión de los poderosos.

Por unos medios o por otros (bien sea un Estado que se cree omnipotente, bien sean las grandes entidades económicas dominando a ese Estado), se va culminando poco a poco la Globalización y sus intereses mundialistas y multiculturalistas. Todo, y ahora también la Universidad, va encaminado hacia un supergobierno que rige a una humanidad sumisa y conquistada, que anula la vida familiar, la propiedad, la iniciativa personal. Reserva sólo para unos pocos los medios necesarios para preservar la vida terrena y merecer la eterna. Sumisos a ese Gran Capital están también los medios de (des)información, que están prestos a anunciar la gran concurrencia y sucesos acaecidos en los macro botellones, al mismo tiempo que acallan las enormes mareas humanas que se manifiestan, en este caso, contra la Declaración de Bolonia. Es la Democracia Liberal.

Únete a la AET. Contra el Acuerdo de Bolonia, por la restauración de la Universidad.

AET Salamanca