lunes, 18 de mayo de 2015

¿Está usted de broma, Mr. Darwin?



Una interesante novedad editorial, producto de la colaboración entre el antiguo presidente de la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas, Guillermo Pérez Galicia, doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, y el prestigioso científico titular del CSIC, Emilio Cervantes, quien también ha tenido la gentileza de colaborar con nuestra AET en el pasado.
El libro se titula ¿Está usted de broma Mr. Darwin? La retórica en el corazón del darwinismo (OIACDI, 2015) y puede adquirirse en Amazon.
Leemos en la contraportada de este volumen:

En múltiples ocasiones a lo largo de su obra principal repite Darwin una frase en latín: Natura non facit saltum.

El poder de persuasión de la lengua latina nos convence y admitimos: La naturaleza no da saltos. En sentido literal esto es cierto y lo contrario sería una prosopopeya, personificación. Pero entonces,… ¿por qué el mismo autor pone tanto empeño en convencernos de que la naturaleza selecciona? La expresión selección natural es contradictoria en sí misma, un oxímoron, o expresado también mediante locución latina: contradictio in adiecto. La naturaleza no selecciona.

Al llevar, en su analogía, las observaciones del trabajo de ganaderos y agricultores a la naturaleza, Darwin confunde selección con mejora. Una confusión necesaria a sus fines puesto que sería intolerable hablar de Mejora Natural. Mediante ella consigue introducir la expresión selección natural, de gran importancia en su obra titulada precisamente «El Origen de las Especies por medio de la Selección Natural o la Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida». Pero si estábamos de acuerdo en que Natura non facit saltum, es decir, que la naturaleza no da saltos, ¿no estaremos también de acuerdo en que la naturaleza no selecciona? El análisis retórico del capítulo cuarto de El Origen de las Especies, titulado «La Selección Natural o la Supervivencia de los más Aptos», ayuda a comprender que disimular un error no reconocido es fácil mediante el recurso a otro error.


Cervantes, Emilio, y Pérez Galicia, Guillermo, ¿Está usted de broma Mr. Darwin? La retórica en el corazón del darwinismo. OIACDI, 2015. Rústica, 20 x 13 cm. 304 páginas. ISBN-13: 978-0692443118 (OIACDI). ISBN-10: 0692443118

viernes, 8 de mayo de 2015

El Carlismo ante las elecciones del 24 de mayo de 2015



El régimen de facto ha convocado varios procesos electorales para el próximo domingo 24 de mayo de 2015. En todo el territorio español actual habrán de celebrarse elecciones locales (para todos los municipios, cabildos y consejos insulares, y entidades locales de ámbito territorial inferior al municipio; así como para las llamadas Juntas Generales de las Provincias Vascongadas y el Consejo General de Arán). También elecciones autonómicas en las llamadas comunidades autónomas de  Aragón, Asturias, Islas Baleares, Islas Canarias, Cantabria, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Madrid, Murcia, Navarra, La Rioja y Valencia, y en las ciudades autónomas Ceuta y Melilla.

No se presentan candidaturas tradicionalistas. Sí, en cambio, tradicionalistas en algunas candidaturas, exclusivamente en las elecciones locales.

Como regla general, los carlistas no darán su voto ni prestarán ninguna colaboración a las candidaturas presentadas por partidos políticos o coaliciones de partidos. Se mantendrán completamente al margen de las elecciones autonómicas en curso.

En las elecciones locales, en cambio sí podrán votar y dar su asistencia a aquellas candidaturas independientes que lo merezcan.


La Comunión Tradicionalista ya ha dado parecida consideración a las candidaturas de la Plataforma por Cataluña (PxC) en algunas ocasiones anteriores. Así, por ejemplo, se permitió expresamente apoyarlas en las elecciones autonómicas catalanas de noviembre de 2012 y de 2010, en las generales de noviembre de 2011, o en las locales de mayo de 2011. Si en aquéllas había ya carlistas entre los candidatos de la Plataforma PER Catalunya, para estas elecciones del día 24 sus candidaturas han sido reforzadas por un número considerable de ellos. Lo cual, unido a sus programas y planteamientos, las convierte en receptoras naturales de los votos de los tradicionalistas y de los simpatizantes de la Causa.

Para otros lugares de España, las jefaturas y delegaciones de la Comunión Tradicionalista se encargarán de determinar qué candidaturas independientes son dignas de apoyo en las elecciones locales; siempre con exclusión de aquellas que sirvan de pantalla a grupos o movimientos políticos al margen del Carlismo. En caso de duda, procederá dirigirse a la Secretaría Política de la Comunión.

jueves, 16 de abril de 2015

El marxismo de Podemos (II): el credo comunista


El marxismo, una dogmática monista

Marx, nacido en 1818, vivió en un mundo dominado por las ideas ilustradas causantes de la Revolución Francesa que había conmovido todo el orden social, político y económico de lo que fuera la Cristiandad. El pensamiento de aquella época, de una parte,  daba por sentado el carácter progresivo, o la evolución perfectiva, de la historia humana. De otra, creía firmemente en la capacidad racional del hombre para desentrañar científicamente los secretos de la historia y explicar, tanto los acontecimientos de épocas pasadas, como los avatares futuros, que conducirán a la sociedad hacia su luminosa perfección futura.

Heredera de una serie de sistemas filosóficos de gran repercusión política, la obra de Marx pretende superarlos a todos gracias a su insistencia en la prioridad de la acción sobre la teoría. El fundamento último de su pensamiento se halla en la doctrina del materialismo dialéctico, según el cual la aparente complejidad de lo real se reduce a lo que llaman experiencia sensible, es decir al contacto activo del hombre con la naturaleza. No existe realmente nada más que esa relación de hombre con el mundo material. Al principio, el hombre se enfrenta a la naturaleza, la conoce y desea satisfacer sus necesidades con lo que ella ofrece, pero la capta  como algo hostil y contrapuesto a él mismo. Esa relación, que en principio es de oposición, es superada por el hombre gracias a su acción, o trabajo, del que resulta, por primera vez, lo que los marxistas llaman una mediación, o síntesis de contrarios, cuando alcanza los frutos de su trabajo. Desde el hombre primitivo, que ve la naturaleza como un objeto arisco y peligroso, hasta el hombre moderno, todo el obrar humano consiste en operar dialécticamente sobre la naturaleza para satisfacer sus necesidades, de modo que una y otra se integren de manera progresiva.

La relación del hombre y la naturaleza no es, pues, estática, sino evolutiva. La cooperación entre los hombre se hace necesaria, surge la distribución del trabajo y la distribución de los frutos obtenidos. Y, sólo sobre eso, se va constituyendo a lo largo de la historia el aparentemente inextricable conjunto de relaciones sociales, políticas e ideológicas que ofrece la vida humana de los tiempos modernos. La teoría central de Marx, llamada materialismo histórico, tiene precisamente la pretensión de desentrañar esa maraña de relaciones sociales, descubrir su esencia y describir la ley “científica” que rige la historia de toda la humanidad.

La estructura de cualquier sociedad sólo se entiende si se recurre a tres niveles


de explicación que, empezando por lo más fundamental, son las fuerzas productivas, el modo de producción y la superestructura ideológica. Las fuerzas productivasde que dispone cada sociedad (riquezas naturales, conocimientos técnicos y división social del trabajo) determinan su organización, o modo de producción: “el molino a brazo engendra la sociedad feudal, el molino a vapor la sociedad burguesa o industrial”. Aquí es donde aparece lo más conocido de la teoría marxista de la sociedad, que se caracteriza por incluir esencialmente la lucha en toda organización social y por poner la armonía y la paz sólo al final de la historia, en la hipotética sociedad en que culminará la historia. Mientras llega ese momento, el modo de producción de la sociedad consta invariablemente de dos clases principales en eterna contradicción, una dominante y otra sometida. Estas clases se enfrentan hasta que una revolución violenta acaba con la oposición; luego, una nueva clase dominante, por acumulación de riquezas, produce una nueva clase sometida, que hará una nueva revolución, en cuanto alcance conciencia de la miseria en que vive y de su propio poder. La sociedad feudal de siervos y señores fue superada por la revolución burguesa; y la burguesía, causante del modo de producción capitalista, engendra el proletariado destinado necesariamente a acabar con ella y a tomar las riendas de la sociedad, hasta llegar, a través de la dictadura del proletariado, a la vida armónica del hombre en consonancia con la naturaleza.

Sin embargo el camino que describe Marx hasta ese logro final exige destruir, por medio de la violencia revolucionaria, un tercer nivel de acontecimientos, que surgen junto al modo de producción en toda sociedad. Se trata de lo que llaman superestructura ideológica, que está constituida por el conjunto de ilusiones, o engaños, creados por la clase dominante, para detener la superación del enfrentamiento de clases y congelar así el curso necesario de la historia. Esa superestructura engloba las instituciones jurídicas y políticas, como el Estado; las filosofías especulativas, que engañosamente se conforman con buscar la verdad sin cambiar el mundo con la acción; y la religión, que traslada las contradicciones reales (es decir, las económicas) a otro mundo, para producir resignación en la clase oprimida. Esos engaños, siempre favorables a los intereses de la clase dominante, se llaman alienaciones porque tratan de perpetuar la separación, o enajenación, de la clase obrera respecto de los frutos de su trabajo, y de mantener la división de clases que, al final, desaparecerá cuando la revolución haya acabado con todas ellas.

Esta concepción marxista del universo es monista, en cuanto entiende que toda la realidad se reduce a uno solo de sus aspectos: la materia entendida como relación productiva del hombre sobre la naturaleza y las relaciones económicas que de ahí surgen; y declara intrínsecamente falseadas todas las demás realidades humanas, como las relaciones sociales, desde la familia al Estado; como todas las especulaciones ideológicas que exponen concepciones éticas, o valorativas; como todos los mundos ajenos al mundo material que describen las religiones. Y el marxismo no se conforma con denunciar la falsedad que, según él, se da en todo esto, sino que exige su destrucción práctica por medio de la violencia revolucionaria.

Es, por otro lado, una concepción del mundo historicista, cientificista y determinista, porque cree ofrecer las leyes inexorables de la historia, que llevan desde la primitiva oposición entre el hombre y la naturaleza, hasta su definitiva supresión en el mundo futuro, donde desaparecerán las alienaciones, la familia, es Estado, las ideología y las religiones para dar paso a una humanidad feliz, que disfrutará armónicamente de la naturaleza sometida a su dominio.


Pero hasta ese momento, el marxismo concibe el desarrollo histórico como un enfrentamiento maniqueo entre la clase dominante, que encarna el mal, y la clase sometida, de cuya acción depende por completo el repetido proceso revolucionario que llevará hasta la felicidad última -desde luego sólo terrena- y encarna, por tanto, la totalidad de lo que podría llamarse el bien. A pesar de que los marxistas se llenan la boca hablado de ética, no reconocen más obligación “moral” que la de fomentar la fuerza de la clase oprimida en aras de la revolución, aunque eso suponga todo tipo de violencia y de falsedad. En breve sacaremos a la luz el engaño deliberado, consentido y sistemático que suponen las distintas tácticas usadas por los marxistas para subir al poder y, en especial, la táctica de “Podemos”.

José Miguel Gambra

El marxismo de Podemos: un experimento espartaquista (I)


A continuación reproducimos las intervenciones del Prof. José Miguel Gambra Gutiérrez (Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista) en el seminario sobre Podemos. 

La pervivencia del marxismo

Algunos han calificado el fenómeno “Podemos” como producto transitorio de la televisión que, atenta sólo a los índices de audiencia, ha dado una fama inmerecida a un grupo de jovenzanos, cuyo prestigio, como el de cualquier “famoso”, debería difuminarse en cuanto los medios se cansaran de prestarles atención. Es bien posible también que no se trate sino de una estrategia de las derechas, para provocar un miedo que redundaría electoralmente en su beneficio. Sea cual sea la causa del prestigio adquirido por “Podemos”, quienes previeron su olvido se han equivocado: “Podemos” ha entrado en la política, sin que las derechas hayan salido beneficiadas, sino todo lo contrario. Los votos, dentro del régimen que padecemos, substancializan por cuatro años lo que sea, por absurdo que sea. No sin razón Juan Manuel de Prada se quejaba de la política degenerada por la televisión y su exclusiva atención a los pronósticos de audiencia.

Y es que, hoy en día más que nunca, es peligrosísimo jugar a la vez con la política y los medios de comunicación. En El bosque animado, y en otros muchos sitios, Fernández Flores dijo que las moscas carecen por completo de memoria, hasta el punto de olvidar su propia identidad. Una mosca topa con un cristal, se da una vuelta y, olvidado el trastazo, casi instantáneamente vuelve a darse otro contra el mismo cristal y así, sin recordar ni siquiera si ella es la que se ha dado el golpe o es otra la que lo ha sufrido, vuelve a la carga indefinidamente.

Las generaciones recientes, y no tan recientes, cada vez se parecen más a las moscas. Su cabeza no retiene nada que no sea inmediato. Tienen, como la materia de Leibniz, una mens momentanea seu carens recordatione, incapaz de de retrotraerse más allá de lo  que se les presenta actualmente. Hoy las nuevas tecnologías, las pantallas reducidas de los teléfonos, y otros trastos, han logrado sustituir la facultad humana de la memoria por la memoria de esos aparatos; y la visión de la realidad, la verdadera experiencia, se ha visto suplantada por la realidad virtual. Los chicos, y no tan chicos, ni saben ni les importa lo que puedan enseñarles sus mayores, ni lo que puedan decir los libros. Se conforman con beber ávidamente las opiniones de cualquiera, con tal de que queden plasmadas en twitter o en cualquier otra red.


Así se explica el olvido del horror marxista. Los poderes de este mundo, a una con los medios de comunicación y en contra de lo que racionalmente cabía esperar tras la caída de la URSS, han corrido un tupido velo sobre sus atrocidades. En la mente de las recientes generaciones se mantiene incólume el terror del llamado holocausto nazi. Todavía hoy, no hay día en que los medios no cuenten algo que mantenga viva la memoria de los seis millones de judíos que -según dicen- fueron ejecutados en Alemania por ese régimen nefasto. Pero eso no es nada en comparación a los cien millones de depurados por los regímenes comunistas de todas las latitudes. Sea que el común de periodistas no tenga por comparable el asesinato de judíos con el de campesinos rusos o cubanos, con el de oficiales polacos, con el de viejos chinos o jóvenes venezolanos; sea que el imperio haya preferido mantener vivo el temor irreal al nazismo y no a los peligros reales, con los cuales cabe negociar, el caso es que se ha hecho olvidar el olor a muerte que acompaña a los regímenes marxistas sin excepción alguna. Y si se ha perdido la memoria de sus consecuencias, más todavía se desconoce la podredumbre teórica esencialmente abocada a ese resultado.

Con las últimas elecciones, “Podemos” ha saltado del mundo virtual a la realidad política española. Y, en esa realidad, lo que cuenta no son los discursos, ni los programas; ni las promesas, ni las esperanzas e ilusiones, sino lo que está en la cabeza de los jefes de partido. Porque, al fin y al cabo, el sistema democrático entrega un poder  omnímodo a unos hombres concretos, que llevan a efecto lo que tienen en su personal caletre, sin limitación externa alguna.


Por eso me parece conveniente exponer, con sus propias palabras, lo que, teórica y tácticamente, mantienen la tetrarquía de “Podemos”. Para dar a conocer la diversidad de estratos que contiene su discurso, me veré obligado a vencer el hastío y a presentar las doctrinas y estrategias de ese marxismo, que otrora todos creímos felizmente olvidado, pero que, de hecho, hoy sirve inspiración a la cúpula de “Podemos”. Después demostraré que los propios mandamases de ese partido se han declarado repetidamente marxistas, para presentar finalmente las fuentes que inspiran su táctica, en orden a implantar la dictadura del proletariado, y la manera en que la están usando.



Fuente aquí.

jueves, 9 de abril de 2015

LII REUNIÓN DE AMIGOS DE LA CIUDAD CATÓLICA: MONARQUÍA Y DEMOCRACIA







Por la Fundación Speiro se ha convocado para el próximo 11 de abril de 2015, sábado, la quincuagésimo segunda Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, que tendrá lugar (D.m.) en la sede que la Universidad Antonio de Nebrija tiene en el número 59 de la calle madrileña de Cea Bermúdez. El tema será el de «MONARQUÍA Y DEMOCRACIA. Política católica e ideologías» y volverá a contar con la colaboración del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II.

La LII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica. Hay creado un evento en Facebook, al que se puede acceder aquí.

Acción Sobre el Gobierno

"Acción sobre el Gobierno. - Lo que mueve a la opinión y a las Cámaras alcanza ya al Gobierno, pero es preciso abordarles directamente. Socialistas, comunistas, funcionarios, obreros, comerciantes, nos dan ejemplo. Cuando una ley o un decreto les disgusta o los perjudica, no estiman suficientes las interpelaciones en la Cámara o en el Senado, sino que ellos mismos se dirigen al Poder. Se colocan en masa en las puertas de las alcaldías, de las prefecturas, de los Ministerios; envían a los titulares de la autoridad protestas, comisiones, ultimátums; multiplican las gestiones, incluso las huelgas; asedian y hostigan al Gobierno, que casi siempre termina por ceder a sus instancias. ¿Por qué, en tanto nos lo permita nuestra moral, nuestra dignidad y nuestro amor a la paz, fundado sobre la justicia y la caridad, no los imitaríamos, a fin de borrar de nuestro Código las leyes que, según la enérgica frase de uno de nuestros obispos, nos llevan del laicismo al paganismo? 

Cierto es que la obra es inmensa y difícil, pero lo propio de la virtud fuerte es afrontar los obstáculos y desafiar los peligros. Además disponemos de tropas cuyo número y arrojo igualan, por lo menos, al número y arrojo de las otras agrupaciones, puesto que una multitud de cristianos, contando únicamente aquellos que son fervorosos y activos, están impacientes por emprender la lucha. Nuestros cuadros están preparados. Lo que ha faltado demasiado a los católicos hasta ahora es la unidad, la concentración, la armonía, la organización de los esfuerzos. ¿No tendrá abnegación suficiente para formar un cuerpo compacto que trabaje conjuntamente? Se dirá que esta actitud nos expone a contraofensivas sin piedad de nuestros adversarios. No es cierto; en todo caso, ¿a qué calamidades no nos expone la actitud contraria? ¿ Qué porvenir nos espera si, satisfechos de un ligero y artificial detenimiento, nos dormimos?"

De la Declaración de los Cardenales y Arzobispos franceses el 10 de marzo de 1925.

Hasta que, poniendo todo nuestro esfuerzo y vida, se produzca la Restauración del Trono y del Altar, no dudemos en llevar a cabo esa labor a que los cardenales y arzobispos exhortaban a los franceses. Puede parecer que nuestro número hoy sea menor. También lo parecía en otros momentos de la historia. Pero son un puñado de católicos gallardos y valientes los que, sin miedo, guardan la Tradición, enfrentan enemigos espirituales y de carne y hueso, luchan por leyes distintas y, alejados siempre de cualquier tentación de wishful thinking, recobrar lugares.


Último párrafo añadido por AET de Sevilla

jueves, 2 de abril de 2015

Monárquicos entusiastas, ardientes republicanos



Tenemos absolutamente clara la solución a nuestros problemas, los que están desangrando a España, el mundo hispánico y a los españoles, los que están volando hasta los cimientos los últimos restos visibles de la Iglesia y de la Cristiandad. Además, estos problemas tienen culpables concretos con ideologías concretas. Son la consecuencia lógica del proceso revolucionario desencadenado hace 200 años con la francesada, de los que erigían templos a la diosa razón y se declaraban amigos de la experiencia, mientras despreciaban tanto la razón como la experiencia. 

En cambio, los tradicionalistas, sin ser profetas, ya advertíamos entonces lo que iba a suceder, que aquellos vendedores de humo y abstracciones no traían soluciones, sino que agravarían nuestros problemas. Y nadie puede dudar de que hemos acertado. Hemos acertado y llevamos 200 años acertando; y lo seguiremos haciendo, porque nos fundamentamos en un patrimonio cultural y espiritual común, consecuencia de la acumulación temporal de las experiencias y del pensamiento realizado por nuestros predecesores, que en nuestro caso se concreta en la fructífera tradición socio-política de las Españas.

Es decir, si hace mucho que advertimos lo que nos iba a pasar en manos de los golpistas, ahora señalamos a los culpables: quienes ahora detentan los poderes positivos, los herederos de ésos que se vanagloriaban de defender la razón y la experiencia mientras destruían todo lo racional, todo lo razonable y todo lo que es fruto de la más dilatada experiencia, tanto de los «republicanos» sin res publica, como de los «monárquicos» de un «rey» que ni es, ni puede ser rey. 

1. Monárquicos republicanos: monarquía y bien común

Los tradicionalistas españoles somos monárquicos porque defendemos la respublica. No existen monarcas que reinen y no gobiernen: la definición de reinar es la acción de gobierno de un rey. No existen repúblicas con un jefe: la definición de república o aristocracia es el gobierno de una minoría. Podemos llamar silla a lo que es una mesa, árbol a una farola o incluso mujer a un varón disfrazado que se ha mutilado sus vergüenzas. Pero las palabras que usemos y los deseos que tengamos no hará que las cosas sean  ni dejen de ser lo que son: la mesa es una mesa y no una silla, la farola es farola y no árbol y el hombre disfrazado que se ha amputado sus vergüenzas es un hombre mutilado que va disfrazado.

Los monárquicos españoles reclamamos república porque somos monárquicos, somos monárquicos porque reclamamos la Monarquía y reclamamos la Monarquía porque reclamamos república. Sí, con toda exactitud podemos decir que reclamamos república porque somos monárquicos y así salir así al paso de los que hacen asociaciones inconexas, de los apolíticos que hacen política, de los tradicionalistas antitradicionales, de los intelectuales sin intelecto, de los escritores analfabetos o de los que se meten a exégetas sin exégesis, a fin de justificar, desde una pocilga doctrinal, toda suerte de errores objetivos, la defensa de ideologías y la sedición contra aquello que dicen servir, además de prestar oídos a las calumnias vertidas contra el régimen de Cristiandad, único que defendemos y único que ha funcionado, por ser el único que no es utópico.

Por último, si analizamos imparcial y desapasionadamente los conceptos, la I y II Repúblicas no fueron repúblicas, ni siquiera en el sentido más vago que tiene el término «república» en la tratadística clásica. Porque, si hablamos de «república» como res publica o bien público y común bien sabemos que en ninguno de esos dos regímenes (ilegítimos e impuestos ilegalmente) se buscó el bien común, sino la defensa estricta de unos intereses revolucionarios oligárquicos, ideológicos, extranjerizantes y utopistas.

2. República en sentido estricto y las «repúblicas» modernas

En segundo lugar, tampoco se puede llamar «república» a los regímenes modernamente republicanos si nos ceñimos a la tratadística clásica y tradicional, cuando habla de los diferentes regímenes políticos. Polibio, Tucídides, Heródoto, Isócrates o Aristóteles, luego los Padres de la Iglesia y luego los Escolásticos nos enseñan que éstos son: monarquía, república y democracia. Y cabe hablar de un cuarto: el régimen mixto, llamado también monarquía templada y que en el carlismo se llama monarquía tradicional, social y representativa.

Vázquez de Mella lo resume así:

«Yo, que soy monárquico entusiasta, soy también ardiente republicano […] la Monarquía y la República…lejos de contradecirse, se completan cuando cada una ocupa su puesto y no las cambian los sofistas y las revoluciones de sitio. […] nosotros defendemos la democracia en los municipios; la mesocracia y la aristocracia social, como distintos grados de superioridad espontánea, en las comarcas, en las provincias y en las regiones, y la monarquía en el Estado» (discurso del 17 de mayo de 1903 en Barcelona)

Según aquella divisoria, fruto de la observación y análisis imparcial y a la que Mella se adhiere, la república es un régimen aristocrático, en que el poder lo ostenta una minoría. Así lo fueron, por ejemplo, la Serenísima de San Marcos o República de Venecia, gobernada por un senado de aristócratas. Por lo tanto, no cabe hablar de esas otras «repúblicas» modernas como repúblicas, porque la propia noción de «presidente de la república», si es una sola cabeza, es una contradicción. Por lo tanto, se trata de tiranías o monarquías corrompidas.

Como apéndice de la acepción anterior, en el caso de la Monarquía (término usado durante siglos casi como sinónimo de España), podemos encontrar el uso amplio de república como término referido a cada uno de los distintos reinos, señoríos, principados, virreinatos y otras formas de administración que bajo su mando tienen a los mejores (aristocracia o república), pero siempre subsidiaria dentro de las regiones de las Españas, es decir, bajo una sola monarquía y bajo un solo monarca, el heredero legítimo de todos esos reinos en sus correspondientes coronas de Navarra, Aragón y Castilla. Lo que de ninguna manera cabe esperar son las aplicaciones modernas del término, que están mal utilizadas.

3. Perversión democristiana, liberal-católicos, conservadores de revolución, ultraderechistas, nuevas-derechas, cristianosocialistas y otros especímenes a veces enmascarados de tradicionalistas

Los pervertidos que defienden un Estado centralista y totalitario no pueden decir con sinceridad, por lo tanto, que hacen política cristiana, sin los cuerpos intermedios, sin el federalismo ni la autogestión garantizadas por el Derecho Natural y la Doctrina Social de la Iglesia, ya desde los primeros siglos con los Santos Padres.

Tengan cuidado esos pervertidos si se revuelven contra estas palabras, que no les llamamos pervertidos nosotros, sino S.S. Pío XI, en Quadragesimo anno:

«lo mismo que es ilícito quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con sus propias fuerzas y con su empeño para confiárselo a la comunidad, también es injusto confiar a una sociedad mayor y más alta lo que pueden hacer las comunidades menores e inferiores. Y esto es al mismo tiempo un grave daño y una perversión del orden recto de la sociedad»

4. La legitimidad, condición indispensable de la cosa pública

Por otra parte, los que defienden que el gobernante adquiera la potestad de modo contrario a la legitimidad de origen y de ejercicio, defienden lo contrario a lo defendido por el sentir unánime de los Padres de la Iglesia, por Santo Tomás de Aquino y por todos los Escolásticos. Y es también consecuencia de la aplicación lógica del Magisterio de la Iglesia, por ejemplo el Syllabus condena una serie de proposiciones erróneas, una de las cuales es la siguiente:

«LXIII. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.
(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
Alocución Quisque vestrum, 4 octubre 1847)
(Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 diciembre 1849)
(Letras Apostólicas Cum catholica, 26 marzo 1860)»

Y León XIII nos dice en Immortale Dei: 

«No es menos ilícito el despreciar la potestad legítima, quienquiera que sea el poseedor de ella, que el resistir a la divina voluntad»

Si la monarquía, que ―por definición― es régimen de una sola cabeza, se corrompe o es ilegítima, ya no es monarquía, sino tiranía. Por lo tanto, tanto la I como la II República no son repúblicas, sino monarquías corrompidas o tiranías, puesto que caen bajo el mando de un solo hombre que gobierna ilegítimamente.

En el supuesto de que una república fuera legítima (lo que en España no es posible más que subsidiariamente, puesto que la constitución histórica de las Españas es la de una monarquía mixta o monarquía tradicional, social y representativa), estaría gobernada por una minoría que, si se corrompe, hace que el régimen se convierta en oligarquía.

Por otro lado, el supuesto de que el jefe del Estado fuere uno solo, es una monarquía, tanto si es electiva como si es dinástica, tanto si se llama «rey» como si se llama de cualquier otra forma. Ahora bien, si no corresponde a la constitución histórica de un Estado la elección de su monarca y, sin embargo, el jefe del Estado adquiere el poder por elección, se trata de un tirano. 


5. Los errores modernos, el pecado original y dos excepciones que confirman la regla

Hay una negación implícita del dogma del pecado original y de nuestra naturaleza caída en quienes pretenden impugnar la monarquía y se niegan a reconocerla como el mejor régimen para enderezarla. Sin duda, se debe a la influencia gnóstico-pelagiana de Rousseau, inspirador de las ideologías y los «filósofos» neo-gnósticos que ellos siguen, las que fundan el Estado en sentido moderno, junto con Hobbes. En efecto, Santo Tomás de Aquino, en el capítulo IX del segundo libro de De regimine principum o De regno ad regem Cypri dice así:

«in natura corrupta regimen regale est fructuosius, quia oportet ipsam naturam humanam sic dispositam quasi ad sui fluxum limitibus refraenare»

Y pasa a continuación a hacer referencia a la vieja República Romana como caso excepcional de modelo de buen régimen, cuya eficacia y funcionalidad se explican porque se adaptaba a la tradición romana en la evolución sociopolítica de aquel momento histórico. Cualquiera que sepa un poco de historia conoce lo que expone Santo Tomás en su análisis, acerca de cómo el buen funcionamiento de aquel régimen se debía, entre otras cosas, al carácter y virtudes de los senadores, un hecho que demuestra que la excepción no hace regla.

Es más, los elementos que hacían funcionar bien aquel régimen (como la noción de legitimidad, la división entre auctoritas y potestas, la mos maiorum, el mandato imperativo o el juicio de residencia, por citar unos pocos) fueron luego absorbidos y utilizados por la Cristiandad y, especialmente, la Monarquía de las Españas, que en cambio desechó o transformó lo que no funcionaba o funcionaba mal. 

La multiplicidad de las «repúblicas» de la Monarquía en sentido estricto o Monarquía de las Españas nos brinda ejemplos múltiples de la buena evolución social cuando se respeta la Tradición.

Entre otros, es elocuente el de las comunidades de villa y tierra de la Extremadura castellana; por ejemplo, en Medina del Campo (que era castellana y no leonesa, como sí es leonesa Valladolid, a pesar de la irreal distribución provincial liberal), el grado de ilustración y cristianización popular llegó tan lejos que prácticamente todos eran hidalgos; e incluso sus privilegios y libertades mostraban que se trataba de lo más granado del fuero de villa y tierra. Y naturalmente se reflejaban en su escudo, que todavía hoy reza así: «ni al rey oficio, ni al Papa beneficio». Tal era el grado de confianza del que habían llegado a gozar (tanto del poder secular, como del temporal). Y es que no se puede igualar a la gente cortando cabezas y aplastando a los mejores, como quieren los revolucionarios.

Ha habido tiranos y hoy los hay más que nunca. Y principio básico que une a todos los enemigos de la Tradición y de los pueblos hispánicos es querer cambiar unos tiranos por otros e imponer modelos políticos, sin base en la experiencia. En cambio, no eran tiranos los reyes visigodos, porque la elección en aquel momento era el procedimiento legítimo de adquisición de la corona. No es tirano el rey de Roma o Papa, porque su condición de rey de Roma le viene de ser obispo de Roma, no de pertenecer a una dinastía. Sí son tiranos los que ―en España o en cualquier otro sitio― adquieren la jefatura del Estado violando las disposiciones legítimas por las que el monarca debe adquirir el poder. 

6. La encarnación histórica de la Cristiandad política, una realidad frente a las utopías

Desde Urbano VII, está muy clara en teología política la teoría de las dos espadas. En el caso español, las condiciones de adquisición legítima del poder y la forma de gobierno acorde a nuestra tradición, de modo que está más claro que en ningún otro lugar del mundo quién es el vicario de Cristo por la espada, por derecho natural. Tales leyes están bien detalladas en la Novísima Recopilación y resumidas con extraordinaria brevedad aquí, tratado que se encarga de aplicarlas a nuestra actualidad. Por ejemplo, sería tirano en España tanto el nombrado arbitrariamente por otro jefe de Estado, el elegido en las urnas, el elegido por una minoría o por cualquier otro procedimiento que no sea legítimo. Tanto si se hace llamar «rey» como si se hace llamar «presidente de la república».

Algunos ineptos, que desconocen tanto el uso de respublica en latín (de preguntarles sobre la politeía en griego mejor ni hablemos) como las definiciones de la palabra «república» en la tratadística clásica y tradicional, pretenden fundamentar extraños modelos utópicos e ideológicos que se sacan de la manga, mediante la interpretación adulterada de los tratadistas clásicos. Decimos que son ineptos, porque no pensamos que el fallo se deba a inmoralidad del mentiroso, que adultera el texto para engañar a la gente o justificar los errores de su contaminación política personal, que no bebe de fuentes potables.

Los falseadores y confundidos los hay de muchos tipos. Entre otros muchos, está aquel de los que leen las obras de los escolásticos y creen que, cuando dicen respublica, se está refiriendo a una república, en el sentido liberal y no literal del término. 

En conclusión, si dejamos al margen que los que hoy se llaman republicanos rara vez lo son en sentido estricto, el modo razonable y congruente de ser tradicional y defender España, de acuerdo con la experiencia y con la lealtad, es ser como eran los españoles a los que se enfrentó la Revolución: monárquicos. Pero no cualquier tipo de monárquico, sino monárquico conforme a la realidad: conforme a evolución legítima de la monarquía en España, que es social, tradicional y representativa, que es, además, dinástica, y que se encarna en un reclamante legítimo concreto, que es vicario de Cristo por la espada.

Esperamos que con estas líneas haya quedado suficientemente aclarado y concluyamos con las palabras inmortales de San Pío X:

«No, la civilización no está por inventar ni la “ciudad” nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la “ciudad” católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo»

Hermenegildo Pérez,
de la AET